La cara sucia de las energías limpias

Planet of the Humans

Un parque eólico (fotograma del documental Planet of the Humans)

 

Planet of the Humans, que tanto en el título como en su exposición juega con el parecido a El planeta de los simios, ha alcanzando más de 8 millones de visualizaciones en YouTube –antes de que fuera retirado por presunta violación de derechos de autor–, donde se estrenó con motivo del 50 aniversario del Día de la Tierra (22 de abril), en pleno auge de la pandemia.

Su director, Jeff Gibbs, narra en él su propia trayectoria vital. Se describe a sí mismo como un joven ambientalista que construyó una casa sostenible para vivir en comunidad en medio del bosque y abrazar a los árboles. Viajaba por todo el país estudiando el colapso de los ecosistemas y las especies en peligro de extinción, escribía artículos en diversas revistas sobre la vida sostenible y participaba en movilizaciones sociales.

En 2009, Barack Obama anunció que “el cambio había llegado a América” y aprobó un paquete de medidas de un billón de dólares para su programa ambiental, de los que cerca de 100.000 millones se dedicarían a la reconversión energética del país. Para entonces, Gibbs había empezado a tirar del hilo de las renovables, decepcionado por algunos hallazgos que le hacían pensar que no eran tan limpias, ni tan verdes como las pintaban.

¿Cien por cien verdes?

Constató que los coches eléctricos se enchufan a fuentes de energía no renovables, procedentes de combustibles fósiles; las instalaciones de paneles solares y turbinas eólicas construidas a lo largo y ancho del país requieren complementarse con otras fuentes de energía, procedentes también de combustibles fósiles, para suplir las intermitencias causadas por la falta de viento o de luz.

Además, para su producción y mantenimiento, se necesita una gran industria, alimentada por gas natural –un combustible fósil, al fin y al cabo– y se necesitan materias primas extraídas de grandes canteras, como el cuarzo de alta pureza de los paneles solares, o los materiales de los coches de lujo –eso sí, eléctricos–: silicona, grafito, plata, cobalto, níquel, litio, cadmio, tierras raras… Una industria productora de residuos tóxicos, emisiones altamente contaminantes y lluvia ácida. Por otra parte, la vida útil de estas instalaciones es limitada, por lo que han de ser renovadas al cabo del tiempo, con la consecuente producción de residuos de difícil eliminación, y vuelta a empezar.

“El sol es renovable, pero no lo es la industria solar”, concluye Gibbs. Entonces, se pregunta, ¿por qué los líderes ambientales se centran sólo en las tecnologías verdes?

¿Es solo el beneficio?

Wall Street exige a sus empresas que crezcan más cada año y penaliza a las que no lo hacen. No basta con mantener los beneficios del año anterior y, para que esto sea posible, es necesario aumentar el consumo.

El documental no ha dejado indiferente al movimiento ecologista, en el que en seguida han surgido voces críticas

“Un crecimiento infinito en un planeta finito es suicida. Hay demasiados seres humanos consumiendo demasiado y demasiado rápido”. Cifran el problema en un aumento exponencial de la población y, sobre todo, del consumo. “Debemos controlar nuestra capacidad de consumo” y esto no va a ocurrir si creemos que nuestros recursos son ilimitados.

¿Por qué entonces no se habla del suicidio que representa un crecimiento ilimitado? Gibbs considera que esto sería perjudicial para “una determinada forma de capitalismo que gobierna el mundo, ahora bajo la tapadera de lo verde”. El cambio climático es un problema, pero no el único. Hay otros aspectos mucho más graves que las emisiones de CO2.

En su documental hace un detallado seguimiento de los multimillonarios de Silicon Valley y las grandes corporaciones americanas que se suben a la ola del cambio climático y venden “100% verde”, generando beneficios desorbitados, sin que parezca que entre en sus cálculos el hecho de si dañan realmente o no el medio ambiente.

Un debate candente

El documental no ha dejado indiferente al movimiento ecologista, en el que en seguida han surgido voces críticas. Recriminan que presente datos de hace varios años y advierten que hoy la tecnología ha resuelto muchos de los inconvenientes que se aducen, como la eficiencia y la vida útil de los paneles solares o la posibilidad de almacenar energía en grandes baterías para compensar la fluctuación solar y eólica.

Señalan que presenta una visión sesgada, al no mencionar, por ejemplo, las ventajas del gas natural respecto al carbón y el petróleo. Algunos llegan a pedir que el documental sea retirado, alegando que solo busca el sensacionalismo y que no hay debate posible en temas científicamente demostrados.

Otros indican el riesgo de buscar soluciones en el control de la población, a lo cual el propio Gibbs ha respondido tajante que no se trata del control de la población, del cual no está a favor, sino de abordar el problema del crecimiento del consumo, que es el que nos lleva a esta situación.

En palabras del columnista del New York Times, Bret Stephens, “el desacuerdo inteligente es la savia que alimenta a toda sociedad sana”. En mi opinión, el polémico documental es un buen ejemplo de ello. La reflexión respecto al crecimiento ilimitado del consumo resulta esencial, así como el libre ejercicio de un pensamiento crítico frente al pensamiento único que pretenden algunas corrientes ambientalistas. En la cuestión ecológica hay mucho debate de fondo que no se debe eludir, muy especialmente en lo relativo a la posición del ser humano en el libro de la naturaleza.

En síntesis, Planet of the Humans ofrece una magnífica oportunidad para el debate razonado. Una crítica desde dentro con espíritu constructivo, según sus propios autores. Si les interesa la cuestión ambiental, no dejen de verlo.

¿Infracción del “copyright” o censura?

El 26 de mayo, YouTube, que emitía de forma gratuita el documental Planet of the Humans, decidió retirarlo, lo que acentúa aún más la polémica. La decisión se tomó después de conocer una reclamación presentada por el fotógrafo británico Toby Smith, que denunciaba el uso no autorizado de una breve secuencia de un reportaje suyo.

Tanto Michael Moore como Jeff Gibbs aseguran que no han incurrido en ninguna violación de los derechos de propiedad y han condenado la retirada como un acto de censura. Mientras se solventa esta cuestión, el largometraje sigue disponible en la web del documental.

 

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Share on print
newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares