La atención deliberada, el principio de una vida mejor

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Duración lectura: 6m. 42s.
atencion deliberada

Que una relación menos dependiente de las pantallas puede ser el comienzo de una vida mejor –más serena, menos ansiosa– es una intuición extendida. El reto es dar con la estrategia que nos ayude a conseguirlo. En Cómo no hacer nada, la artista plástica Jenny Odell presenta un plan que toca nervio: ¿y si el problema estuviera en nuestras ideas del progreso y de la productividad?

Para Odell, profesora en la Universidad de Stanford y aficionada a la observación de pájaros, la economía de la atención se ha servido de varias tendencias: el culto a la marca personal, que convierte cada like y cada favorito en una oportunidad para decir al mundo quiénes somos; la inseguridad económica, que lleva a cada vez más jóvenes a capitalizar su tiempo libre en busca de ingresos extra; la ansiedad que produce el bombardeo informativo sin contexto; y, por encima de todas, “un marco de referencia en el que el valor viene determinado por la productividad”.

Si algo le conviene a la economía de la atención es el activismo: a través de sus métricas y sus algoritmos, muchas empresas tratan de hacer caja con la frenética actividad en los móviles. Lo último que esperan es que los usuarios se paren a pensar: necesitan sus clics para ganar dinero; necesitan mantener a “la atención cautiva, asustada”, en perpetuo movimiento. Por eso, es tan provocador el principio clave de la estrategia de resistencia de Odell: “No hacer nada”.

“¿Útil para qué?”

En realidad, su programa sí requiere de cierta acción. El primer movimiento consiste en apartarse del marco que emplea la economía de la atención; en rechazar la comprensión de la vida como algo que constantemente podemos optimizar. Según esta visión, todo lo que hacemos puede producir un rendimiento, traducible en beneficios económicos. Y en un contexto tan volátil, casi existe la obligación de aprovechar todas las oportunidades.

Un ejemplo de la vida real: en un reciente artículo para la revista Vox, la periodista freelance Marian Bull cuenta cómo, ante el estrés que experimentaba, descubrió en la cerámica una actividad que podía hacer por placer, sin que ninguna métrica le pusiera nota ni le exigiera resultados. Ilusionarse con la fabricación de una pieza, fracasar, volver a intentarlo…; todo ese paciente pasatiempo le hizo descubrir un nuevo y gratificante ritmo de vida. Pero al cabo de los meses, tras ver el éxito que sus obras tenían en Instagram, empezó a venderlas. Poco a poco, el negocio creció. Y “una vez apareció la demanda, se me hizo imposible parar”. Ganó una fuente de ingresos, pero perdió una afición, lamenta.

La visión moderna del progreso tiene serias implicaciones. De entrada, no es difícil imaginar qué papel reserva la sociedad a acciones tan alejadas de lo útil –“¿útil para qué?”, pregunta Odell– como contemplar, escuchar, meditar, etc. Y no es disparatado suponer que todo lo considerado como “poco aprovechable”, corre el riesgo de ser desechado, incluidos el tiempo (ocio) y el espacio (parques, jardines…) no productivos. Con esta mentalidad, lo más valioso siempre es la disrupción: “Habitamos en una cultura que potencia la novedad y el crecimiento sobre lo cíclico y lo regenerativo. Nuestra idea misma de productividad se basa en la idea de producir algo nuevo, cuando, en cambio, no tendemos a ver el mantenimiento y los cuidados como cosas productivas del mismo modo”.

Reenamorarse de la realidad

El segundo movimiento de ese “no hacer nada” consiste en conectarse a otra cosa. No se trata de exiliarse del mundo, sino de repartir la atención: seguiremos mirando las pantallas –augura Odell con realismo–, pero si aprendemos a orientar la atención “de un modo más intencional”, descubriremos un tiempo y un espacio nuevos. “¿Podría la ‘realidad aumentada’ equivaler, sencillamente, a dejar quieto el teléfono?”. Para Odell, este es el camino para reenamorarse de la realidad. Quien quiera volver a sentirse vivo, debe descubrir que hay muchos momentos en su vida que son “fines en sí mismos, no peldaños” hacia otras cosas.

El testimonio de Odell es elocuente. Cuando se decidió a mirar menos el móvil, empezó a “escoger ciertas cosas a las que prestar atención”. Primero fueron los pájaros, luego los árboles, después los insectos, las plantas, las montañas… Descubrió que “todo aquello ya estaba ahí antes”, aunque no lo viera. Esa es “la realidad aumentada” en la que vive ella ahora. Todo un descubrimiento que le ha cambiado la manera de pensar y de vivir.

“Eso es algo que también ocurre cuando uno se enamora. Los amigos se quejan de que no estás presente, de que tienes la cabeza en las nubes; las empresas que se ocupan de la economía de la atención podrían decir lo mismo de mí, que tengo la cabeza perdida en los árboles, en los pájaros, incluso en las malas hierbas que crecen en las aceras”.

“¿Podría la ‘realidad aumentada’ equivaler, sencillamente, a dejar quieto el teléfono?”

Gracias a las “prácticas de atención deliberada” que incorporó a su vida, también cambió la manera de mirar a la gente. Un ejemplo: Odell y su novio viven muy cerca de una familia con hijos pequeños; durante dos años, se estuvieron viendo desde el balcón y el porche de sus casas. La complicidad fue creciendo, y un día el padre les invitó a cenar. Entre otras cosas, la experiencia sirvió a Odell para darse cuenta “del poco tiempo que paso en el asombroso y raro mundo de los niños”. Y añade: “Cuando regresamos a nuestro apartamento, a mí me pareció distinto, como si hubiera dejado de ser el centro absoluto de las cosas. Ahora la calle estaba llena de esos ‘centros’, y cada uno de ellos contenía otras vidas, otras habitaciones, otras personas”.

La importancia de lo físico

Cuando Odell aconseja que nos reservemos tiempos y espacios “no productivos” (o productivos de una manera distinta a la que dicta la lógica capitalista), está hablando de la necesidad de salirnos del carril de los algoritmos, de hacer hueco a lo imprevisto, de escapar de las reglas de juego de la economía de la atención: rapidez, disrupción, crecimiento… La idea de progreso que ella tiene en mente incluye otros verbos: mantener, cuidar, demorarse, observar…

Lo ilustra con el giro que ha dado el activismo social. Resulta paradójico, dice, que las mismas redes sociales que han favorecido la denuncia permanente de todo tipo de injusticias, nos estén quitando el contexto para comprenderlas e intentar remediarlas. Por eso, propone –siguiendo a Veronica Barassi– volver al modelo de la sentada en la plaza pública, que pone a los activistas a discutir entre sí, a deliberar, a estrechar lazos, a construir un proyecto común…

Los tiempos y los espacios “de incubación” que reivindica Odell incluyen conversaciones sustanciosas, cara a cara, con un amigo íntimo; paseos por el campo; “medios de comunicación más lentos”, actos conscientes de atención con los que “decidimos a quién oír, a quién ver y quién interviene en nuestro mundo. Así, la atención conforma los cimientos no solo del amor, sino también de la ética”.

No hacer nada no es un libro de autoayuda. Es pensamiento intencional, con propósito. Y viene cargado de referencias culturales, denuncia anticapitalista, mucho ecologismo, algún tic woke, anécdotas ilustrativas y digresiones abigarradas, observaciones agudas y rodeos interminables… Ella misma advierte el desorden, pues ha concebido el libro como “una invitación a dar un paseo”, en el que no tiene problema en demorarse. Y quizá esa lentitud es la que propicia que el lector se plantee, al dejar el libro, un cambio de prioridades.