En defensa del tiempo verdaderamente libre

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Duración lectura: 2m. 42s.
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En los últimos meses, numerosos artículos y columnas han defendido la implementación de una semana laboral de cuatro días, un aumento en la baja por maternidad y paternidad y mayores restricciones en las horas extras. Todo, en aras del tiempo libre y la productividad. Pero, tal como expone Krzysztof Pelc en un artículo de The Atlantic, el tiempo libre solo es útil, siempre y cuando siga manteniéndose como tiempo libre.

Pelc, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de McGill, en Montreal, plantea que estos experimentos y argumentaciones bienintencionadas pasan por alto una paradoja tramposa: la de que el ocio solo es útil mientras se siga manteniendo como tal. “Una vez que ese tiempo se considera un medio para mejorar el rendimiento de los empleados y un mayor crecimiento, el ocio pierde la calidad que lo hace tan potente”. Pelc afirma que “habría que luchar contra el impulso de reducirlo a un mero medio y truco para la productividad”.

El ocio es un tiempo que puede resultar en grandes frutos y, por ello, puede resultar una empresa difícil de acometer el querer separar lo uno de lo otro. “Cuando estamos de excursión en la naturaleza, o bajo la ducha, o simplemente soñando despiertos, los destellos de inspiración vienen como si vinieran de la nada” dice Pelc. Un hecho que no ha pasado desapercibido para el sector privado, que conoce el valor y las bondades del tiempo libre y, por ello, apoya su expansión con el fin de ser aprovechado en el trabajo.

“Al mismo tiempo que las empresas y los legisladores están descubriendo las bondades del ocio, los empleados han decidido que no lo quieren”. O eso muestran los datos: en 2018, 768 millones de días vacaciones no fueron usados por los empleados americanos. Y quienes sí hacen uso de su tiempo libre, pretenden “emplearlo al máximo”. Los días libres, fines de semanas e incluso las vacaciones tienen un tinte de autopromoción, de perfeccionamiento para poder rendir mejor cuando toque volver al puesto de trabajo.

Una pregunta que plantea Pelc es en qué momento, la sociedad decidió ver el ocio como medio para un fin. “En un reflejo de la cualidad paradójica del ocio, las defensas por su expansión tienden a provenir primero de los utópicos que reflexionan sobre la dignidad humana, para después ser acogidas por pragmáticos testarudos que miran tablas de insumo-producto”.

También plantea el problema que se da como resultado de la alianza entre los utópicos y los pragmáticos. “Si el ocio se justifica por su contribución a otros fines sociales —innovación, productividad, crecimiento— puede perder cualquier valor tan pronto como entre en conflicto con esos objetivos”, dice Pelc. Y de la batalla entre ocio y trabajo, la balanza tenderá en favor del trabajo.

El tiempo libre puede generar beneficios económicos –podría conducir a algunas líneas de código brillantes, niveles de innovación sin precedentes y un florecimiento de la cultura– y es lógico que los legisladores deban tener conocimiento de sus bondades. “Pero como individuos, ganamos al preservar (…) una zona libre de optimización”, concluye Pelc.