La filosofía a pedradas

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En un mundo donde el día de ayer es un pasado lejano, sorprende el número de congresos y reseñas periodísticas dedicadas al centenario de la muerte de Fiedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900). Este interés se corresponde con el que dedican los lectores al análisis de sus obras, muy por encima de la media de los otros grandes pensadores de la historia. Pero, pese a esto, ¿está realmente vigente la filosofía de Nietzsche? ¿Existe –como el pensador deseaba– una legión de seguidores de sus doctrinas o ésta se ha convertido en la excusa de la mediocridad, que el filósofo tanto detestaba?

Hijo de un pastor protestante, Nietzsche fue educado por su madre -viuda desde que Friedrich tenía cuatro años-y sus tías en el rígido y sombrío ambiente parroquial. Aunque marchó a la Universidad para cursar teología, se decidió inmediatamente por los estudios de filología. En esta época se hizo seguidor fervoroso de la doctrina de Schopenhauer. Por mediación de su maestro Ritschl, consiguió una cátedra en la Universidad de Basilea. Esto le permitió entrar en contacto con el matrimonio Wagner, lo que aumentó su convicción de que era el arte -y no la reflexión racional- el camino para entrar en contacto con las realidades vitales.

Nietzsche intentó expresar sus principales convicciones en su primera gran obra, El nacimiento de la tragedia. En ella presenta al mundo griego dividido en dos sectores opuestos: los defensores de la vida y de los valores colectivos, radicados en torno a los cultos dionisíacos; y los defensores de la mesura y la racionalidad, centrados en los cultos apolíneos. En este enfrentamiento entre vida y razón, Nietzsche se decanta radicalmente por la primera: la razón no es algo originario sino un engaño que la vida utiliza para mantenerse. Sin un mínimo de autocontrol, los placeres vitales destruirían al hombre, pero la individualidad –tan destacada por el pensamiento occidental– no es lo primario.

Esta primera obra pasó sin pena ni gloria. Fue criticada por un joven doctorando, Wilamowitz, que ridiculizó los graves defectos que presentaba. El varapalo, unido a las cada vez más frecuentes quiebras en su salud, llevaron a Nietzsche a abandonar la docencia y a vivir como jubilado desde 1879. Pasará el resto de su vida errando por los balnearios de Centroeuropa, en busca de la salud perdida.

Un torbellino de reproches

En los años siguientes, va a publicar obras de gran acento crítico en las que –a través de frases breves y agudas que lindan con el aforismo– fustiga todos los elementos de la sociedad. En esos años, expone los fundamentos de su crítica a toda verdad: el ser humano precisa creer en ella -aunque ésta no sea real- para atreverse a subsistir, porque si no, cae en la desesperación nihilista. No existe, por tanto, la verdad como algo que se corresponda con nuestro conocimiento. El mundo es irracional y no caben esperanzas en él para el ser humano, como no las hay para los demás seres. No existe la Verdad, ni el Amor, ni la Belleza. La consecuencia lógica sería dejarse morir, pero Nietzsche se pregunta si es posible crear un proyecto vital que sea capaz de aceptar la existencia aunque ésta sea radicalmente negativa. Por eso, a partir de 1881, concibe su obra como una misión en defensa de la vida y como una crítica radical a todo lo que le parece su adversario, singularmente la filosofía racionalista y la religión judeocristiana.

Entre 1883 y 1885 publica las diversas partes de Así habló Zaratustra, obra en la que se confunden la filosofía y la poesía. Al narrar las vivencias de Zaratustra, profeta de una nueva filosofía y una nueva religión, y partiendo del que considera suceso fundamental de los tiempos actuales, la muerte de Dios, Nietzsche concibe la realidad como una eterna repetición de lo finito, dominada por una voluntad de expansión, de fuerza, de vida y de poder. Por contra, la religión judeocristiana es presentada como el esfuerzo de los débiles -la masa, el rebaño- por eliminar los verdaderos valores vitales. En la cúspide de los hombres superiores, surge un ser nuevo -sin miedo y, por tanto, sin compasión- que será dueño de una nueva época: el Superhombre. Su reinado deberá iniciarse con la desaparición de los seres humanos, condenados por su debilidad intrínseca.

El anhelo de una sistemática imposible

Desde 1886 a finales de 1888, Nietzsche intenta producir una obra sistemática en la que expresar sus doctrinas fundamentales, pero su delicada salud, su incapacidad para concentrarse, sus problemas económicos y su creciente debilidad le impiden llevar a cabo su proyecto, del que sólo han quedado retazos sin ordenar. Sin embargo, en momentos cada vez más fugaces, es capaz de componer obras cortas, llenas de sutilezas y de profundas insinuaciones. Publica críticas punzantes como La genealogía de la moral, el Crepúsculo de los ídolos, el Anticristo o Ecce Homo.

A finales de 1887, la creciente megalomanía empieza a dominar su captación de la realidad: se siente rey de Italia y quiere organizar un congreso de príncipes para enfrentarse a la familia real prusiana. Desde enero de 1888 quedará recluido en diversas clínicas psiquiátricas donde irá perdiendo la consciencia. Aunque el abandonado profesor pasará a convertirse en una figura reconocida, él no podrá darse cuenta. Morirá el 25 de agosto de 1900.

Razones de un éxito

¿Qué explica el interés por la filosofía de Nietzsche a lo largo del siglo XX? En primer lugar, su capacidad expresiva. Especialmente en sus últimas obras, el pensador germano consigue darse un aura de enorme y rotunda seguridad. Adelantándose a los debates contemporáneos, Nietzsche ridiculiza hasta el extremo las posiciones contrarias, que quedan huérfanas ante sus sutiles argumentos efectistas.

En segundo lugar, Nietzsche defiende el conjunto de valores que van a convertirse -con el tiempo- en el organigrama de la mentalidad occidental: la independencia de juicio, la ruptura con los valores asumidos por la mayoría, la defensa de la personalidad individual frente a la masa, la propuesta -en fin- de una filosofía inmanente que puede justificarse desde sí misma. En tercera instancia, ofrece un conjunto de referencias psicológicas (Nietzsche se autodenominará como el filósofo de las máscaras) para evitar los compromisos que implica la moral judeocristiana, singularmente en temas sexuales. La defensa de la rectitud moral –que promueve el cristianismo– es convertida por la crítica nietzscheana en una visión pacata, estrecha, temerosa de la vida y llena de resentimiento.

Por otro lado, el carácter vitalista e irracionalista de Nietzsche le hace muy adecuado a la nueva mentalidad contemporánea, que aborrece las largas reflexiones del racionalismo decimonónico. En este sentido, el empeño de Nietzsche se presenta como cercano al hombre, al que pretende liberar de sus falsedades para descubrirle su propio ser: una filosofía de apariencia sencilla para personas que no se complican con razonamientos sin sentido. Por último, su filosofía ha tenido una notable incidencia en las corrientes artísticas por su defensa del arte -y singularmente de la música- como valor primordial de la cultura. De él denotan influencias muchas corrientes literarias o artísticas, y grandes filósofos de nuestro siglo como Ortega, Heidegger y toda la línea del Pensamiento Débil.

Una rotundidad fascinadora

La falsedad del pretendido rigor argumental nietzscheano radica en su misma rotundidad. Cuando se lee la primera obra de crítica al cristianismo, los argumentos pueden parecer definitivos, pero lo son para cualquiera menos para el propio Nietzsche, que los repite una y otra vez, con la conciencia de no creérselos del todo. El hombre audaz y seguro de las obras nada tiene que ver con el individuo delicado de las cartas, lleno de dudas y en constante revisión.

Lou Andreas Salomé, con la que tuvo las mayores confidencias, nos contará su estado de ánimo en 1882 –tras escribir obras de profundo sentido crítico–, falto de un rumbo claro: «Sí, así es como ha comenzado la carrera de mi vida y aún no ha acabado de correr. ¿Hasta cuándo? Cuando haya dado la vuelta completa, ¿hacia dónde se dirigirá en adelante? Cuando todas las posibles combinaciones se hayan agotado, ¿qué les sucederá? ¿Cómo? ¿Habrá que volver de nuevo a la fe? ¿Acaso a la fe católica?» (1).

Por intereses nada objetivos, se nos ha presentado recientemente a Nietzsche como un pensador laico, que había superado -como algo propio de niños- la fe religiosa. Pero él no estaba tan satisfecho. Años después de la cita, escribirá a Overbeck (el mismo que le recogió enloquecido de Milán): «No abandone usted jamás el pensamiento de Dios. Usted lo tiene seguramente sin darse cuenta. Yo lo he abandonado; quiero crear algo nuevo; no puedo ni debo volver atrás; acabaré por sucumbir a mi pasión; me arroja de acá para allá y voy continuamente desmoronándome». En realidad, la crítica de Nietzsche, que considera que la fe cristiana se ha olvidado del mundo natural, sólo afecta a un falso misticismo que interpreta el mundo como algo esencialmente negativo. Olvida que –tanto en su origen como en sus expresiones posteriores más acabadas– el cristianismo supuso una revolución frente al espiritualismo descarnado del mundo griego, en defensa del cuerpo.

Ala busca del valor práctico vital

Sin duda, la mayor dificultad del pensamiento de Nietzsche radica en su incapacidad de engendrar lo que más desea: valores vitales prácticos. Como indicó Jaspers, «ocuparse del pensamiento de Nietzsche exige, a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de los grandes filósofos, que uno tome a la vez contacto con la realidad de su vida» (2). El problema reside en que la mayor contradicción de la filosofía de valores superiores que el filósofo propuso no fue ni la filosofía platónica, ni el racionalismo, ni la fe cristiana, sino el propio Nietzsche: un individuo apagado, débil hasta el extremo, que jamás llevó a cabo empresa alguna de verdadera valía. Usando su propia lógica de las máscaras, no es improcedente indicar que «en conclusión, el superhombre es todo lo que hubiese anhelado ser el afligido, el solitario, el atormentado y olvidado Herr Professor Doktor Friedrich Nietzsche» (3). Fue, en realidad, alguien de trato difícil, un hipocondríaco extenuante, al que no se podía resistir más de una hora porque toda su conversación giraba en torno suyo. Pese a todas sus bravatas, Nietzsche se conduce con las maneras de un puritano enfermizo, de un racionalista vital, que calculaba hasta su mínima acción.

El mismo enloquecimiento del desdichado filósofo no puede colocarse al margen de su doctrina. Con independencia del proceso clínico, la profunda incongruencia de su doctrina le llevará a romperse por dentro. Como indicábamos en otro lugar, «el problema viene cuando Nietzsche pretende hacer compatible la indicación de que el arte es un engaño y, a la vez, es una necesidad de todo hombre y que el espíritu libre que ha asumido con plena conciencia la crueldad del devenir, se deja acompañar por los sones musicales y poéticos para devolver a su rostro la sonrisa que la verdad ha borrado (…). En esta situación, el hombre Nietzsche se va a ver tensionado por dos caballos –como en el viejo tormento– que tiran de él en direcciones opuestas. Por un lado, la destructiva representada por la crítica del conocimiento que toma la cultura como un error mantenido por el interés vital de permanecer en la existencia; por otro, la constructiva, definida en los proyectos de vida de Zaratustra y del Superhombre» (4). Todo es falso pero el hombre no puede vivir sin la mentira. Nietzsche, que ha sabido la supuesta verdad, ¿cómo podrá sobrevivir?

Lo que queda de Nietzsche

En realidad, Nietzsche adopta esta postura radical por su enfrentamiento con la filosofía en la que ha desembocado el sueño ilustrado. Hijo de su tiempo, Nietzsche -como Schopenhauer- ha desesperado del ideal de una razón que pretendía conocerlo y explicarlo todo, pero que con ello empobrece el mundo real hasta dejarlo convertido en algo necesario, mecánico, sin vida. A la vez, deja las grandes preguntas existenciales sin responder. Incapaz de volver hacia atrás, hacia los momentos en los que la fe y la razón se intercalaban permitiendo ámbitos de misterio en la realidad, sólo concibe una posibilidad: un irracionalismo que niege toda verdad, pero tan irreal como el racionalismo anterior que pretendía conocerlo todo sin resquicio.

Quizá lo más triste sea la consecuencia habitual que ha perseguido a su filosofía. Si Nietzsche proponía la destrucción de los valores que adjudicaba al cristianismo (aunque en realidad no le pertenezcan), era para sustituirlos por valores más exigentes y radicales. Si hablaba de autonomía, era para que los seres humanos se diesen a sí mismos leyes profundas y responsables. Fue el propio Nietzsche quien acuñó el término libertad para, indicando que la libertad sólo tiene sentido si se compromete en un proyecto.

La realidad ha sido muy diferente: pocos estudiosos han superado la filosofía que dice no, para captar un proyecto radical. Más bien ha sido la excusa para vivir sin ninguna ley y, en consecuencia, sin ningún porqué que haga estimable la vida. Las sombras sobre el pensamiento de Nietzsche, se tornan ominosas cuando las percibimos presentes en el decorado programático de algunos sistemas totalitarios. No puede desdeñarse, en ese sentido, la opinión de muchos autores que establecen una relación estrecha de bastantes postulados nitzscheanos con el sustrato ideológico del nazismo.

A la larga, la filosofía de Nietzsche se ha convertido en una muestra de lo que deseaba evitar: en un ejemplo de decadencia, de falta de fuerza vital. La razón es muy clara: Nietzsche considera que la Ilustración alemana era heredera del cristianismo, mientras que su filosofía suponía una ruptura con ambos. No es así. Su pensamiento es la última piedra de un proyecto imposible desde su origen, el proyecto de la Ilustración: una vida humana totalmente autónoma, desarrollada al margen de la trascendencia. Este proyecto no elimina a Dios, destruye al propio hombre, y Nietzsche fue su primera víctima. Si esto no ocurre con sus aparentes seguidores es porque no se toman en serio su doctrina, sino que –como el protagonista de Los hermanos Karamázov– siguen creyendo en Dios, aunque por desgracia sea de forma vergonzante.

Miguel Ángel García Mercado es profesor de filosofía. Su tesis doctoral versa sobre la estética en la obra de Nietzsche.

_________________________

(1) L. Salomé, Federico Nietzsche en su obra, Viena, 1911, pág. 87.
(2) K. Jaspers, Nietzsche, Berlín, 1950, pág. 20.
(3) F. Copleston, Historia de la Filosofía, tomo VII, Barcelona, 1983, pág. 325.
(4) M.A. García Mercado, Música y realidad, Cádiz, 1996, págs. 303-305.

 

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