Del conflicto a la comunión

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Un documento firmado por católicos y luteranos explica las claves del camino hacia la unidad en el contexto del 500 aniversario de la Reforma protestante.

“La purificación y la sanación de las memorias y la restauración de la unidad cristiana” es el gran horizonte que abre el año 2017 a luteranos y católicos. Así lo afirma el documento Del conflicto a la comunión, redactado por una comisión oficial católico-luterana con vistas al 500 aniversario de la Reforma luterana. Trata de lo que une y separa a ambas confesiones, y explica los pasos que se han dado en el camino de la unidad, haciendo hincapié en las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

Una mirada nueva al pasado

“Lo que sucedió en el pasado no puede cambiarse. Lo que sí puede cambiar con el paso del tiempo es lo que se recuerda del pasado y el modo en que se ha de recordar”. Gracias a las investigaciones de teólogos e historiadores –tanto luteranos como católicos–, “se han podido corregir anteriores descripciones confesionales de la historia”.

El diálogo ecuménico ha abierto la teología luterana al convencimiento “de que la eficacia de la Escritura obra no solo en individuos, sino también en toda la Iglesia”

En su tercer capítulo, Del conflicto a la comunión presenta un bosquejo histórico de la Reforma luterana. El 31 de octubre de 1517 Lutero envió sus tesis –con el título “Cuestionamiento del poder y eficacia de las indulgencias”– como apéndice a una carta dirigida al arzobispo de Maguncia, donde expresaba sus preocupaciones sobre la práctica de las indulgencias. Lutero “no había planificado un evento público, sino una discusión académica. Temía que las tesis pudieran fácilmente ser malinterpretadas si eran leídas por un público muy amplio”.

El proceso que desembocó en la excomunión del monje agustino, en 1521, estuvo marcado por “una ambivalencia fundamental”. El encuentro entre Lutero y el cardenal Cayetano en Augsburgo estuvo lejos de ser un intercambio de argumentos. “Aunque se le había asegurado [a Lutero] que se le escucharía, recibió reiteradamente el mensaje de que debía retractarse o sería proclamado hereje”.

Las ideas de Lutero fueron secundadas por un número creciente de sacerdotes, monjes y predicadores del norte de Europa. Algunos signos visibles de este movimiento fueron la comunión bajo las dos especies de los laicos, el matrimonio de algunos sacerdotes y monjes, el descuido del ayuno y la negación del culto a las imágenes y reliquias.

Sin embargo, “Lutero no tenía intención de establecer una nueva Iglesia, sino que fue parte de una amplia y multifacética ansia de reforma. Desempeñó un papel activo cada vez mayor, tratando de contribuir a la reforma de prácticas y doctrinas que parecían estar basadas solo en la autoridad humana y que se encontraban en tensión o en contra de las Escrituras”, sostiene el documento conjunto. No obstante, “el establecimiento de Estados nacionales con fuertes delimitaciones confesionales” fue un lastre que contribuyó a acentuar la separación con respecto a Roma.

Consenso diferenciado

El capítulo cuarto es el más importante del documento conjunto: en él se abordan cinco temas fundamentales, sobre los que se ha centrado el diálogo ecuménico de las últimas décadas: la justificación, la Eucaristía, el ministerio, las relaciones entre Escritura y tradición y la naturaleza de la Iglesia.

La doctrina de la justificación fue el punto básico. Por eso, apunta el documento, “la divergencia en este punto fue tan grave, y la labor para superar la misma se convirtió en asunto de suma prioridad para las relaciones luterano-católico romanas”. Fruto de extensas investigaciones, la Declaración sobre la Doctrina de la justificación de 1999 fue un hito sin precedentes, pues mostraba “que entre católicos y luteranos hay consenso con respecto a los postulados fundamentales” (n. 40).

“Juntos confesamos que en lo que atañe a su salvación, el ser humano depende enteramente de la gracia redentora de Dios”, dice la Declaración (n. 19). Aunque el consenso no es pleno, sino “diferenciado”: hay afirmaciones comunes con acentos diferentes de cada lado. Si bien luteranos y católicos reconocen el valor de las buenas obras, los primeros subrayan que la justificación del pecador es siempre completa, mientras que los católicos señalan la responsabilidad del ser humano por sus actos y su posible cooperación con la gracia.

Eucaristía

El acuerdo que existe entre luteranos y católicos en torno al sacramento de la Eucaristía es mayor del que muchos suponen. Como sostiene Del conflicto a la comunión, “la pregunta por la realidad de la presencia de Jesucristo en el sacramento de la cena del Señor no es asunto de controversia entre católicos y luteranos”.

Lutero rechazó el término “transubstanciación”, empleado por el IV Concilio de Letrán (1215) para explicar la conversión del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, pues “no podía aceptar que tal explicación filosófica tuviera que ser vinculante para todos los cristianos”. Este rechazo “despertó dudas del lado católico en cuanto a si su teología afirmaba plenamente la doctrina de la presencia real de Cristo”. Sin embargo –frente a reformadores como Zwinglio, quien sostenía que Cristo se hace presente por la fe del creyente–, Lutero “reafirmó fuertemente la presencia real de Cristo en el sacramento”.

“Entre católicos y luteranos hay consenso con respecto a los postulados fundamentales de la doctrina de la justificación”

El carácter sacrificial de la Eucaristía es un aspecto más polémico. Lutero se opuso a entender la misa como sacrificio por miedo a que se esta fuera considerada “como otro sacrificio adicional al sacrificio único de Cristo”. Según explica el documento conjunto, el concepto de memorial (anamnesis) ha llevado a luteranos y católicos a un mayor entendimiento: “No solo el efecto del evento en la cruz, sino también el evento mismo, está presente en la cena del Señor sin que la comida sea una repetición o un completamiento del evento de la cruz”, dice Del conflicto a la comunión.

El sacerdocio de todos los creyentes

El ministerio sagrado es entendido de modo diferente por luteranos y católicos. Lutero puso el acento en que todos los creyentes bautizados son sacerdotes –según su participación en el sacerdocio real de Cristo (1 P 2, 9)–, aunque no todos son ministros. También el Concilio Vaticano II subrayó el sacerdocio común en la constitución Lumen gentium (n. 10). No obstante, la Iglesia católica afirma que el sacerdocio de los fieles se diferencia del sacerdocio de los ministros no solo en grado, sino de modo esencial.

Si bien Lutero no consideraba el sacerdocio ministerial como un sacramento, sí lo entendía instituido por Dios. En las primeras ordenaciones luteranas (Wittenberg, 1535), la oración al Espíritu Santo sobre los candidatos mostraba esta convicción. Pero la ausencia de obispos en la ceremonia marcó desde el principio otra gran diferencia con los católicos, quienes consideran el episcopado como la plenitud del sacramento del orden. Por estos y otros motivos, el decreto sobre el ecumenismo del Concilio Vaticano II (Unitatis redintegratio) habla de “la carencia del sacramento del orden” en las Iglesias luteranas (n. 22).

Cómo leer la Escritura

“Lutero consideraba las Escrituras como el primer principio sobre el que todas las afirmaciones teológicas debían estar directa o indirectamente fundadas”. Sin embargo, como señala el documento conjunto, la atribución de la expresión sola scriptura a Lutero no es del todo exacta, pues él no leía la Escritura de modo aislado, sino en relación con las confesiones de la Iglesia primitiva y los escritos de los Padres de la Iglesia, especialmente san Agustín. Por otro lado, Lutero temía que una autoridad diferente de la misma Escritura pudiera ensombrecer el texto sagrado.

Frente a la tesis de Lutero, el Concilio de Trento subrayó “que la interpretación de la Escritura debía estar guiada por la autoridad del magisterio de la Iglesia”. Esta postura fue desarrollada por el Vaticano II en su constitución sobre la revelación (Dei Verbum), donde se afirma que el “magisterio (…) no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino” (n. 10). Según el documento conjunto, el diálogo ecuménico ha abierto la teología luterana al convencimiento “de que la eficacia de la Escritura obra no solo en individuos, sino también en toda la Iglesia”.

¿Iglesia visible o invisible?

En la tradición luterana, la Iglesia se entiende como “la asamblea de todos los creyentes”, donde cada congregación se une a las otras “por la genuina predicación y la correcta celebración de los sacramentos”. Teólogos luteranos como Rudolf Bultmann han defendido que la unidad auténtica de la comunidad se da allí donde la palabra resuene “de modo auténtico”, por lo que la unidad de la Iglesia sería invisible.

La tradición católica entiende que las dimensiones visible e invisible de la Iglesia “no deben ser consideradas como dos realidades distintas, sino que más bien forman una realidad compleja que está integrada por un elemento humano y otro divino” (Lumen gentium, n. 8). Del conflicto a la comunión señala la necesidad de “conversaciones ecuménicas más extensas sobre la relación entre la visibilidad y la invisibilidad de la Iglesia, entre la Iglesia universal y la Iglesia local”.

El documento concluye señalando “cinco imperativos ecuménicos” para 2017, orientados a fortalecer lo que hay en común: subrayar el bautismo, escuchar el testimonio del otro, buscar la unidad mediante pasos concretos, redescubrir el poder del evangelio para nuestro tiempo y dar testimonio común de la misericordia de Dios.

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