El celibato, signo de contradicción

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El arzobispo de Fulda (Alemania), Johannes Dyba, escribe sobre el celibato sacerdotal en Frankfurter Allgemeine Zeitung (13-XII-92).

Últimamente, muchos representantes de la Iglesia han creído que su obligación era precisar que el celibato no es ningún dogma, sino «sólo» un mandamiento de Derecho eclesiástico.

Efectivamente, es cierto que la cuestión del celibato es una decisión de la Iglesia. Esto sólo nos autoriza a no omitir conscientemente dos puntos decisivos. Primero: Hay argumentos a favor de que el sacerdote no se case y hay argumentos en contra. Pero la decisión ha de tomarse sólo una vez, porque una interminable discusión sobre el celibato hace que los despistados confundan el fundamento de su decisión vital. El que quiere discutirlo sin fin se está conformando con que su seminario se vacíe antes de que él haya llegado a una conclusión.

Y sabe, en segundo lugar, que en realidad esa decisión ya hace tiempo que se tomó. El Concilio Vaticano II, tan recordado por las voces críticas, se pronunció en favor del celibato por la abrumadora mayoría de 2.390 votos a 4 (…). En parecidos términos se pronunció el Sínodo de los Obispos de 1971 y Juan Pablo II en repetidas ocasiones.

Por eso, el que hoy en día presenta el celibato en la Iglesia católica como una cuestión abierta está construyendo castillos en el aire. (…) Naturalmente, el sentido del celibato se revela sólo al creyente, y más directamente al que ha experimentado el encuentro con Dios y su llamada. Cuando hablamos del celibato con personas sin esa trayectoria de fe es como si discutiéramos sobre Rembrandt con ciegos o sobre Beethoven con sordos. Por tanto, debemos permanecer en la confrontación y mantener sin concesiones esta tensión sin intentar escaparnos tendiendo falsos puentes al espíritu de este mundo. (…)

La situación de la Iglesia en Alemania me proporciona casi a diario una impresión de déjà vu, pues se parece a la letra a la de la Iglesia holandesa de hace veinticinco años. (…) En 1966, en el arzobispado de Utrecht todavía hubo 26 ordenaciones. En 1991, después de largos años consagrados al debate sobre el celibato y totalmente perdidos para la ordenación de nuevos sacerdotes, vuelve a haber dos. El ejemplo de Holanda muestra que el fracaso de una generación de obispos puede diezmar a la Iglesia. Por eso es el momento de que digamos claramente qué es lo que, como fruto de la Tradición ininterrumpida, el Concilio Vaticano II, la Jerarquía y el Magisterio, como doctrina esencial de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, no está sujeto a discusión; y qué es lo que, por otra parte, todavía se puede mejorar en reuniones conjuntas.

Pero, sobre todo, es el momento de hacer balance final de todas las discusiones eclesiales. ¿No es hora de que dejemos ya de mirarnos al ombligo y volvamos a mirar al cielo? Durante décadas hemos discutido sobre la cuestión de «¿Qué esperan los hombres de hoy de la Iglesia?» La pregunta lleva a la frustración, porque las esperanzas son muchas y la mayor parte incluso contradictorias entre sí; y, por supuesto, no podemos responderlas de forma definitiva. Pero esa no es en absoluto la pregunta decisiva para nuestra vida y nuestro futuro, que reza así: «¿Qué espera Dios de los hombres de hoy?».

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