El difícil camino de la Iglesia en China

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Iglesia China

Iglesia católica del Salvador, en Pekín (Foto: Fotokon)

 

El acuerdo entre la Santa Sede y China para el nombramiento de obispos ha sido renovado por un bienio más. Al dar la noticia, el Vaticano ha ofrecido un balance muy parecido al que hizo con motivo de la primera renovación, hace dos años. Ha habido resultados importantes, pero modestos; y no han desaparecido las dificultades que en otros ámbitos experimenta la comunidad católica del país.

En una entrevista para Reuters en julio pasado, el Papa Francisco dijo que el diálogo con el gobierno chino “va bien”, pero “lentamente”. No se ve otra manera de avanzar que a base de “pequeños pasos”: “Ante una situación cerrada –explicó–, hay que buscar el camino posible, no ideal; la diplomacia es el arte de lo posible y de hacer que lo posible se convierta en real”.

Resultados

Una vez prorrogado el acuerdo, el pasado 22 de octubre, el cardenal secretario de Estado, Pietro Parolin, volvió a hacer recuento de los frutos obtenidos en una entrevista para Vatican News.

El principal es el mismo que dio la firma del acuerdo en 2018: “Todos los obispos de la Iglesia católica en China están en plena comunión con el Papa y no ha vuelto a haber ordenaciones episcopales ilegítimas”.

El segundo fruto son seis consagraciones de obispos legítimos y reconocidos por el gobierno chino. Aquí está la mayor novedad, pues las cuatro últimas tuvieron lugar tras la primera prórroga del acuerdo, concretamente entre noviembre de 2020 y septiembre de 2021. Pero ya ha pasado un año sin ninguna otra, aunque hacen falta más obispos.

El cardenal mencionó también el reconocimiento de otros seis obispos nombrados antes del acuerdo. No hay nada nuevo al respecto en el último bienio, pues es todo anterior a la primera renovación del acuerdo. Por otra parte, según publicó AsiaNews en julio pasado, tres de esos seis obispos habían sido nombrados por la Asociación Patriótica de Católicos Chinos –la organización controlada por el régimen– y legitimados por Roma a raíz del acuerdo; pero por una u otra razón no tomaron posesión hasta 2020. Los otros tres habían sido consagrados legítimamente pero no fueron reconocidos por Pekín hasta después del acuerdo, entre 2019 y 2020.

Se han nombrado seis obispos y se ha logrado el reconocimiento de otros seis por ambas partes, pero todavía hay 36 sedes vacantes y siete prelados siguen detenidos

Por otro lado, el Card. Parolin repitió que el acuerdo sigue siendo provisional porque está en fase de experimentación. De ahí, volvió a recordar, que no se haya hecho público el contenido concreto. Solo dijo que “el procedimiento establecido (…) deja al Papa la última y decisiva palabra”.

Muchos nombramientos pendientes

Tras los resultados, el Card. Parolin enumeró las deficiencias. “Todavía hay muchas diócesis vacantes y otras que tienen obispos muy mayores”. Las diócesis sin obispos son un tercio o más. La proporción no es del todo clara porque la Santa Sede y el gobierno chino tienen elencos distintos de sedes, precisa AsiaNews en la información citada. Roma registra 114 diócesis (más 29 prefecturas y 2 administraciones apostólicas), pero Pekín solo cuenta 97, principalmente porque ha hecho fusiones de varias para hacer coincidir los territorios con las circunscripciones administrativas. Pues bien, de las diócesis reconocidas por el gobierno, que de hecho son las que se podrán cubrir, hay 36 vacantes, más de la tercera parte.

Visto el número de obispos que hace falta nombrar, los frutos del acuerdo son claramente escasos. En efecto, la Santa Sede está encontrando dificultades. En la entrevista, el Card. Parolin señaló que “hay diócesis en las que, pese a los esfuerzos y a la buena voluntad, no se logra mantener un diálogo fructífero con las autoridades locales”.

A eso hay que añadir las restricciones a la actividad de la Iglesia –y de las demás confesiones religiosas–, que se han recrudecido en los últimos años bajo el gobierno de Xi Jinping. El acuerdo provisional afecta exclusivamente al nombramiento de obispos, pero la Santa Sede, recordó el Card. Parolin, está empeñada en proseguir las conversaciones con Pekín sobre las demás cuestiones, en las que no ha habido hasta ahora muchos resultados apreciables.

Así, sigue habiendo obispos privados de libertad –al menos siete, según el recuento de Stefano Magni en La Nuova Bussola Quotidiana–, y tres de ellos fueron detenidos después de la firma del acuerdo provisional. Cuatro de los siete están desaparecidos; el más anciano de todos, Mons. Shi Hongzhen (93 años), obispo de Tianjin, se encuentra en arresto domiciliario y en septiembre pasado recibió la visita de una delegación vaticana, que le llevó un obsequio del Papa.

El problema del registro oficial

Aparte de eso, el problema más agudo es el requisito de que los obispos y sacerdotes se inscriban en un registro oficial para poder ejercer el ministerio. El documento que han de firmar incluye aceptar el “principio de independencia, autonomía y autogestión de la Iglesia en China”. La fórmula no es la misma en todos los lugares ni el registro se exige con el mismo rigor; pero esto plantea a los ministros de la Iglesia un problema de conciencia. Según el P. Gianni Criveller, del Pontificio Instituto Misiones Extranjeras (PIME), a los que han rehusado firmar, las autoridades les dificultan la actividad diaria de distintas maneras, por ejemplo impidiéndoles usar medios de pago electrónico. Y “algunos que se registraron sufren críticas de familiares y feligreses; no pocos se han arrepentido”.

Criveller añade que, para hacerlos firmar, “los obispos y sacerdotes son presionados por las autoridades con la afirmación, totalmente falsa, de que el acuerdo con la Santa Sede alienta a registrarse”. Y, como el texto del acuerdo es secreto, no pueden cuestionar esa versión.

“Respeto profundamente a quienes opinan de otra manera y también a los que critican la política de la Santa Sede con respecto a China: es lícito hacerlo” (Card. Parolin)

El registro –que afecta a todas las confesiones– es parte del plan de Xi para “nacionalizar” la religión y se suma a las medidas de control previstas en el Reglamento de Actividades Religiosas, que entró en vigor en 2018, varios meses antes del acuerdo con la Santa Sede.

Ese reglamento y otras medidas de control posteriores no se exigen con el mismo rigor en todos los momentos ni en todo el territorio chino. No son raros los casos en que las comunidades católicas pueden funcionar con normalidad mientras no llamen la atención. Pero “en algunos lugares –escribe el P. Criveller– es especialmente grave la dureza con que se aplica la prohibición de que los menores participen en el culto y reciban la doctrina y los sacramentos”. No haber obedecido esa norma es el motivo por el que fue detenido en 2020 Mons. Jia Zhiguo, de 85 años, obispo de Zhengding (Hebei), uno de los obispos de los que no hay noticias.

Insatisfacción

En vista de todo ello, el P. Criveller cree ver en las declaraciones con ocasión de la prórroga del acuerdo provisional “una cierta insatisfacción” por parte del Vaticano. El mismo Card. Parolin dijo en enero del año pasado en una entrevista para el canal de televisión francés KTO: “Respeto profundamente a quienes opinan de otra manera y también a los que critican la política de la Santa Sede con respecto a China: es lícito hacerlo”.

También el cardenal Luis Antonio Tagle, del Dicasterio para la Evangelización, declaró a la agencia Fides el 22 de octubre que el acuerdo no puede dar pie a “ingenuos triunfalismos”. Siempre se ha sabido que el camino es “largo” y “fatigoso”, y que “el acuerdo mismo podía suscitar malentendidos y desorientación”. Es más, “la Santa Sede no ignora y mucho menos minimiza el contraste de reacciones entre los católicos chinos con respecto al acuerdo, que provoca la alegría de muchos y la perplejidad de otros”.

Esta política de diálogo con China la mantiene, entonces, el Vaticano, porque no ve otra mejor. El P. Criveller, que duda de la sinceridad del gobierno chino en las conversaciones con Roma, piensa que, pese a todo, es necesario continuarlas. Sus contactos en China le dicen que “si la Santa Sede rechaza el acuerdo, expone a los católicos chinos a dificultades y represalias aún mayores”.

A final, el logro más claro es que ya no hay en China obispos ilegítimos ni clandestinos. Eso es capital, y se debe al acuerdo, aunque no se puede olvidar que, en algunos casos, ha sido a costa de pedir a pastores que sufrieron por su fidelidad a la Santa Sede que se apartaran a un lado. Por lo demás, la legislación en materia religiosa y las dificultades prácticas en muchos lugares han ido a peor en los últimos años.

 

El Partido no controla las almas

Las crecientes restricciones a la religión en China son, en el fondo, signo de la debilidad del régimen para ganarse la adhesión de buena parte de la gente, sostiene el sinólogo francés Claude Meyer en Le Monde.

Meyer señala el “espectacular” resurgir de la religión en China en los últimos decenios. Mientras el Partido Comunista se jacta de contar 98 millones de miembros, “más de 350 millones de ciudadanos se apartan de Marx y de Lenin, y encuentran sentido a la vida gracias a la religión”.

Con Xi Jinping, el régimen aprieta el control de las religiones. En especial, se emplea contra el islam de los uigures y contra el budismo tibetano; pero no exime al cristianismo, que se expande rápidamente y “preocupa al poder en grado sumo”. Los evangélicos son los que más crecen, y entre ellos abundan las congregaciones no registradas que rehúsan adherirse a la asociación protestante oficial. Con respecto al cristianismo, el gobierno pretende “chinizar esta religión occidental para ponerla al servicio de los valores socialistas bajo la autoridad exclusiva del Partido”. Es a la vez parte de la ofensiva ideológica contra Occidente.

Tales medidas de fuerza celan una debilidad, dice Meyer. “El declive de la utopía marxista y el hundimiento de la ética tradicional han creado una crisis moral y un vacío espiritual que la ideología oficial no puede llenar, a diferencia de las religiones”. Así, “la represión es signo de la impotencia del Partido Comunista Chino para controlar los espíritus”.

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