La globalización reduce la pobreza, pero no en todas partes

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Un fenómeno imparable, que no alcanza a todo el mundo
Como el globo terráqueo, la globalización de la economía tiene sus polos. Para los partidarios, es un fenómeno imparable que estimula el crecimiento si no se ponen obstáculos a los mercados y a la concurrencia. Sus adversarios replican que la mayor parte de los beneficios de la globalización va a los ricos, mientras que los costes recaen sobre los ya empobrecidos en el mundo entero. Pero las imágenes de Argentina de estas últimas semanas no deberían hacer olvidar las de los millones de chinos que están accediendo al consumo masivo. El último estudio publicado por el Banco Mundial bajo el título «Globalización, crecimiento y pobreza» (1) señala que la globalización ha reducido la pobreza en el mundo, pero reconoce que casi la tercera parte de la humanidad sigue descolgada del proceso.

La que los economistas entienden por globalización no es más que el desarrollo del flujo de mercancías y capitales mundiales, gracias a la reducción de las barreras creadas por el hombre y a los avances en transportes y comunicaciones que los han hecho menos costosos y más rápidos. Una fuerza positiva, por lo tanto. Pero, según sus detractores, la globalización equivale al aumento de las desigualdades, el imperio de sociedades multinacionales que imponen su voluntad en el mundo, la explotación incontrolada de recursos naturales, la deslocalización de la producción para llevarla a países que no respetan los derechos laborales…

Ganadores y perdedores

El estudio del Banco Mundial reconoce que en la globalización hay ganadores y perdedores, tanto entre los países como dentro de ellos. Pero, por lo general, la globalización reduce la pobreza porque cuando los países de baja renta logran incorporarse al mercado mundial de manufacturas y servicios tienden a crecer más rápido y este crecimiento se difunde ampliamente entre la población.

Así ha ocurrido en las dos últimas décadas en 24 países en vías de desarrollo -entre ellos, «pesos pesados» como China, India y México-, en los que viven 3.000 millones de personas. Para estos ganadores, la globalización se ha traducido en un fuerte aumento de las exportaciones respecto al PIB. La tasa de crecimiento económico anual, que era un 1% en los años 60, ha pasado al 5% en los años 90, a la vez que aumentaban los salarios, la esperanza de vida y la escolarización. Y aunque no todos los habitantes de esos países se han beneficiado por igual, el número de los atrapados en la pobreza extrema (que viven con menos de un dólar diario) disminuyó en 120 millones entre 1993 y 1998. Estas buenas noticias no son menospreciables, si tenemos en cuenta que en los años 70 todavía se dudaba de que China fuera capaz de dar de comer a su población.

Pero también están los excluidos de la globalización. El informe señala que para unos 2.000 millones de personas -sobre todo en el África subsahariana, Oriente Medio y la ex Unión Soviética-, la globalización no ha funcionado. En estos países la parte del comercio internacional en el PIB se ha estancado o ha disminuido, la renta per cápita ha bajado como media durante los años 90, la pobreza ha aumentado y los niveles de escolarización han crecido más lentamente que en los países del otro grupo.

Pero en ningún lado está escrito que la tercera parte de la humanidad tenga que quedar anclada en la pobreza. Y el estudio sugiere un programa en siete puntos para que estos países saquen más partido del proceso de globalización y gestionen mejor los riesgos inherentes a este cambio [ver abajo: «Un programa de acción»].

La tercera ola

La globalización puede parecer un fenómeno reciente, acelerado a partir de 1980. Pero, remontándose al pasado, los autores del informe identifican tres oleadas de integración de la economía mundial.

La primera tuvo lugar desde 1870 hasta la Primera Guerra Mundial. Las mejoras en el transporte y la reducción del proteccionismo comercial impulsaron notablemente los flujos de mercancías y capitales. La emigración de entonces deja pequeña a la de hoy. Casi el 10% de la población mundial abandonó su país de origen en busca de trabajo y prosperidad. Sesenta millones de europeos emigraron a América. Del mismo orden de magnitud fue el flujo de trabajadores de China e India hacia otros países del Sur. La renta per cápita global creció a un ritmo sin precedentes, aunque no lo suficiente para impedir que aumentara el número de pobres.

Hace un siglo la globalización parecía tan imparable como parece hoy. Sin embargo, la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión y luego la Segunda Guerra Mundial fueron un gigantesco paso atrás. De modo que a finales de los años 40 la parte del comercio internacional dentro del PIB mundial había vuelto a los niveles de 1870.

La segunda oleada se produjo a partir de 1950 y estuvo centrada en la integración de los países ricos. Europa, Norteamérica y Japón restauraron los intercambios comerciales mediante acuerdos multilaterales, lo cual favoreció un notable crecimiento de los países de la OCDE. En cambio, la mayor parte de los países en vías de desarrollo se limitaban a exportar materias primas y quedaban al margen de los flujos de inversiones, en parte también por sus políticas proteccionistas.

A partir de 1980 estamos asistiendo a la tercera oleada de la globalización, impulsada por los avances en transportes y telecomunicaciones, así como por una mayor apertura en los países en desarrollo hacia el comercio y la inversión extranjera. «Por primera vez, los países de baja renta han podido aprovechar su ventaja de una abundante mano de obra para acceder a los mercados mundiales de productos manufacturados y de servicios», afirma el estudio. Ya no se trata sólo de exportar materias primas, sino de competir con los países ricos con productos fabricados con costes laborales más bajos. De esta manera, la parte de productos manufacturados en las exportaciones de países en desarrollo pasó de sólo el 25% en 1980 al 80% en 1998. Entre los países que se han beneficiado más de este proceso están Brasil, China, India, México y Hungría.

Existe la preocupación de que el crecimiento en estos países esté aumentando las desigualdades internas, de modo que sólo una parte de la población resulte beneficiada.

Menos pobreza, más desigualdad

El informe sostiene que la desigualdad apenas ha aumentado en la mayoría de estos países, y que en algunos casos, como Filipinas o Malasia, ha descendido. Sin embargo, hay también importantes excepciones. En Latinoamérica, debido a las importantes diferencias educativas de partida, la globalización ha acentuado las diferencias. Brasil es uno de los países donde la desigualdad es más grave: el 10% más rico percibe el 50% de la renta total, mientras que el 10% más pobre no obtiene más que un 1%. La desigualdad ha crecido también en China, donde antes todos eran igualmente pobres. Pero la desigualdad se ha acompañado de una masiva reducción de la pobreza, ya que el número de campesinos pobres bajó de 250 millones en 1978 a 34 millones en 1999.

La reducción general de la pobreza en el mundo no puede ocultar que todavía 2.000 millones de personas viven en países que están quedando marginados de la globalización. Sus exportaciones, generalmente reducidas a una estrecha gama de materias primas, hacen que corran graves riesgos por las fluctuaciones de precios en el mercado internacional. Basta pensar en los campesinos de Centroamérica, arruinados por el hundimiento del precio del café, así como por la sequía y las periódicas inundaciones.

El informe del Banco Mundial admite que «algunos de estos países sufren el handicap de una geografía desfavorable, como el no tener salida al mar y el estar a merced de ciertas enfermedades. Otros han sido perjudicados por malas políticas, instituciones débiles y una gestión pública deficiente; algunos, por guerras civiles».

Uno de los capítulos del informe se centra en qué es lo que se ha hecho y qué más se puede hacer para quitar trabas a la circulación de mercancías, capitales y trabajadores dentro de la economía globalizada.

El comercio internacional se ha facilitado con la reducción de barreras arancelarias en muchos países en desarrollo en los últimos veinte años. La reducción más drástica ha tenido lugar en Asia del Sur, donde las tarifas medias han bajado del 65% al principio de los años 80 al 30% actual. En Latinoamérica y Asia del Este se ha pasado del 30% al 10%. Y a medida que países como China, India o México abrían sus economías, sus productos manufacturados han pasado a representar una competencia para muchos de los producidos en los países ricos.

Los países ricos defienden la apertura comercial, pero no siempre la practican donde les duele. «Los aranceles medios en los países ricos son bajos, pero mantienen barreras precisamente en las áreas donde los países en desarrollo tienen una ventaja comparativa: la agricultura y las manufacturas intensivas en mano de obra», recuerda el informe. Por eso las subvenciones agrícolas y la apertura a productos como los textiles son siempre materia conflictiva en las negociaciones comerciales. Y hay que tener presente que el proteccionismo comercial de los países ricos cuesta a los países pobres el doble del volumen total de ayuda al desarrollo del Norte al Sur.

A veces las barreras no son arancelarias, sino administrativas. Así ocurre cuando los países ricos exigen que la producción en los países pobres respete una serie de exigencias medioambientales o laborales, que los países ricos sólo han alcanzado en niveles más altos de desarrollo. El informe mantiene que los países en desarrollo están mejorando estas condiciones, y necesitan ser apoyados en esa línea. Pero la amenaza de sanciones comerciales en caso contrario «no es una medida de apoyo sino destructiva».

Un clima favorable a la inversión

La liberalización del comercio va de la mano con la apertura al capital extranjero. La inversión privada extranjera, sobre todo las inversiones directas, ha crecido notablemente en los países en desarrollo que se han integrado en la economía globalizada. Esto tiene sus ventajas (mayor disposición de capitales, creación de empleo, acceso a tecnologías y management…) y también sus riesgos, pues las inversiones a corto plazo son asustadizas y pueden dejar abandonado a un país en cuanto surge una crisis.

Pero peor es no despertar interés para el inversor extranjero, como ha ocurrido en bastantes países africanos que más bien han experimentado una fuga de capitales. Se calcula que en el continente africano en 1990 cerca del 40% de la riqueza privada se mantenía fuera del continente.

La protección de los trabajadores

En una economía que se abre, el proceso de integración en los mercados mundiales hace que surjan nuevas empresas y que cierren otras que dejan de ser competitivas. Estudios realizados en algunos países después de la liberalización muestran que entre una cuarta parte y un tercio de las empresas de manufacturas cierran en un periodo de cuatro años. Los que tienen más que perder son los trabajadores de las industrias hasta entonces protegidas. De ahí que el informe abogue por complementar la liberalización con mejoras del seguro de paro y de la protección social.

Pero el cambio acaba creando nuevas oportunidades laborales. «En los países en desarrollo integrados en la globalización los salarios han crecido el doble de rápido que en los menos globalizados, y más rápido también que en los países ricos», sostiene el informe del Banco Mundial.

Junto a la más libre circulación de mercancías y de capitales, la emigración es el tercer flujo principal de la economía globalizada. Con la facilidad de transportes y las notables diferencias de salarios entre países pobres y ricos, la presión económica para emigrar es fuerte. Un estudio centrado en inmigrantes legales de México a EE.UU. reveló que mientras en su país ganaban 31$ a la semana, nada más llegar a EE.UU. ganaban nueve veces más.

Pero si la incitación económica para emigrar es fuerte, la emigración legal está mucho más restringida que hace 100 años. Estamos lejos de que el 10% de la población mundial cambie de país como ocurrió entonces. El informe sostiene que «hay un beneficio mutuo en la combinación del capital y las tecnologías de los países de la OCDE y la fuerza laboral de los países del mundo en desarrollo». Y pone como ejemplo la relación entre México y EE.UU. El trabajo en EE.UU. de 10 millones de ciudadanos mexicanos (7 millones legales y 3 millones sin papeles) ha supuesto un flujo importante de divisas para su país por los envíos a sus parientes, y ha contribuido a elevar los salarios en México. Para los EE.UU., esta inyección de trabajadores ha sido un factor importante para un crecimiento sostenido con baja inflación durante los años 90.

Un programa de acción

Aunque el informe del Banco Mundial mantiene que la globalización ha contribuido a reducir la pobreza, reconoce que «ciertos extendidos temores que despierta están bien fundados». Para que sirva también a los países más pobres que ahora están descolgados del proceso, sugiere un programa de acción que «en parte coincide con el de los que protestan contra la globalización, pero es diametralmente opuesto al nacionalismo, el proteccionismo y el romanticismo anti-industrial». El programa hace hincapié en siete medidas.

1. Una ronda de negociaciones comerciales. Los países en desarrollo saldrían ganando mucho si los productos en los que son competitivos no encontraran aranceles tan altos para acceder a los mercados de los países ricos. En la Conferencia de la Organización Mundial del Comercio en Qatar, el pasado noviembre, hubo un acuerdo de principio para lanzar una ronda de negociaciones comerciales multilaterales. Los países ricos deben reducir también sus subsidios agrícolas, que suponen 350.000 millones de dólares anuales, casi siete veces más de lo que gastan en ayuda al desarrollo. Los países en desarrollo necesitan reducir también las barreras arancelarias entre ellos, que son incluso mayores que las que encuentran en los países ricos.

2. Crear un ambiente más favorable para las inversiones en los países en desarrollo. Para estimular la inversión y la creación de empleo son necesarias medidas que combatan la corrupción, mejoren el funcionamiento de la Administración, den seguridad a los contratos y al respeto de los derechos de propiedad. Esto es especialmente importante en el caso de las pequeñas y medianas empresas, que son decisivas para la creación de empleo y la elevación del nivel de vida entre la población rural pobre.

3. Mejorar los servicios de Educación y Sanidad. Los países en desarrollo que se han integrado mejor en la economía globalizada habían tenido notables avances en la educación -sobre todo en la enseñanza primaria- y en el descenso de la mortalidad infantil. Si los pobres apenas tienen acceso a los servicios educativos y sanitarios es muy difícil que se beneficien del crecimiento económico, con lo cual la globalización puede acentuar las desigualdades.

4. Protección a los trabajadores para afrontar el cambio laboral. Esto es importante para ayudar a aquellos trabajadores que pueden salir perdiendo a corto plazo por la liberalización de la economía. Se creará así un marco en que las familias -sobre todo las pobres- puedan animarse a emprender iniciativas.

5. Aumentar la ayuda al desarrollo por parte de los países ricos. La experiencia indica que cuando los países en desarrollo mejoran el clima para las inversiones y los servicios sociales, los inversores privados tardan algún tiempo en responder. Y es precisamente en esos momentos cuando la ayuda pública al desarrollo puede ser decisiva en el crecimiento y en la reducción de la pobreza. Pero la ayuda ha bajado a un 0,22% del PIB de los países donantes.

6. Reducir la deuda exterior de los países pobres. Muchos países excluidos de la globalización, sobre todo en África, arrastran una deuda exterior insoportable. El alivio de la deuda es una medida particularmente poderosa para aquellos países que han adoptado una estrategia en la lucha contra la pobreza. Actualmente 25 países se benefician de medidas de condonación de la deuda conforme a la iniciativa HIPC (Países Pobres Muy Endeudados).

7. Abordar los problemas del efecto invernadero y del cambio climático. Este es un ejemplo de un área crítica en la que falta una cooperación mundial efectiva y que si no se afronta creará problemas particularmente graves para los países pobres.

_________________________(1) Globalization, Growth and Poverty. The World Bank and Oxford University Press. Nueva York (2002). 174 págs.

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