El suicidio es un asunto privado

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Ana Marta González, profesora de Ética en la Universidad de Navarra, escribe sobre la eutanasia en El Mundo del País Vasco (Bilbao, 25-V-98).

La autora se pregunta por qué se mata al animal que sufre pero no se hace lo mismo con las personas, según la tradición prácticamente unánime de todas las culturas. Responde: «Los animales, al poseer únicamente conocimiento sensible, viven volcados en el momento presente, y experimentan la situación presente como lo único que existe. El hombre, por el contrario, posee conocimiento intelectual, con el que trasciende la experiencia del momento, hasta el extremo, incluso, de poder objetivarla y hablar de ella con cierta distancia. Entre otras cosas, esto le permite convertir su vida en una búsqueda del sentido de la propia vida. De esta manera, nos encontramos con que la característica más específicamente humana -la de ser un buscador de sentido- puede ser realizada de la manera más intensa por el hombre que sufre. Y me atrevo a decir que es sobre todo la sociedad occidental -la que se plantea el tema de la eutanasia- la que hoy por hoy necesita especialmente de este suplemento de humanidad».

En Occidente, acostumbrado a buscar soluciones rápidas por medio de la técnica, podemos pensar que la eutanasia es la solución al dolor. «Pero la vida no es una técnica: no responde necesariamente a los objetivos que nos hemos fijado de antemano. Su estructura es más bien la de una búsqueda. Ahora bien, si la búsqueda acompaña a la condición humana, es cierto también que por su propia naturaleza dicha búsqueda no terminaría nunca. Sólo la muerte pone fin a la búsqueda. Y por eso, la expectativa de la muerte supone un acicate que imprime intensidad a la vida, a la búsqueda. Sin embargo, esto sólo es cierto cuando la muerte figura en el horizonte, y no se busca por sí misma. La muerte voluntaria equivale a decir: no quiero buscar más.

«La búsqueda es libre. Se puede ayudar, pero nada ni nadie -y por tanto tampoco el Estado- puede obligar a la búsqueda». Ayudar a encontrar el sentido de la vida es propio de los amigos; el Estado sólo puede -y debe- asegurar «que se mantienen abiertas las posibilidades de búsqueda. Mientras que garantizar la posibilidad de la búsqueda es un deber del Estado, nunca puede serlo el garantizar la posibilidad de darla por concluida: eso excede su competencia. El suicidio debe permanecer como un asunto estrictamente privado».

Una persona «puede no aceptar la vida porque no acepta las condiciones de la vida. Pero ése no es un problema político, ni tiene solución política».

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