La epidemia de desconfianza, fruto del “vive y deja vivir”

Fuente: The Atlantic
publicado
DURACIÓN LECTURA: 4min.

¿Por qué confiamos tan poco en nuestras instituciones y en el resto de la sociedad? ¿Por qué tanta ansiedad y depresión, especialmente entre los jóvenes? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? David Brooks, conocido periodista norteamericano, intenta dar respuesta a todas estas preguntas en un largo artículo publicado en el número de octubre de la revista The Atlantic.

Los últimos años en Estados Unidos han sido especialmente convulsos, y han revelado de manera más dramática que en otros países el fenómeno de la desconfianza social. Sin embargo, el diagnóstico que Brooks traza de la realidad norteamericana no es muy diferente al que se podría aplicar a otros muchos países occidentales: no es solo que se haya extendido un clima general de sospecha hacia “los poderosos”, o las instituciones en general, sino que la suspicacia permea prácticamente todos los ámbitos de la vida, desde las relaciones sociales, hasta la familia y la propia identidad.

Según Brooks, los valores dominantes de los jóvenes de hoy en día han cambiado radicalmente con respecto a los de la generación del baby boom. Estos abanderaron un estilo de vida que podría calificarse como liberal, un “vive y deja vivir” aplicable tanto al ámbito económico como al cultural y moral, “una ideología de máxima libertad y mínimo sacrificio”. “¡Qué ingenuo parece todo eso ahora! Fuimos ingenuos al creer que una economía globalizada no perjudicaría a la clase trabajadora, que Internet nos uniría más entre nosotros, que juntar a gente de diferentes culturas sería una fuente natural de armonía”.

En cambio, este liberalismo económico, cultural y moral ha producido una visión individualista de la vida que resulta difícilmente compatible con la cohesión social, sobre todo en épocas de precariedad. Y esta es precisamente la palabra que, según Brooks, define el clima en que se han criado los jóvenes de hoy en día. De ahí que frente al laissez faire y el optimismo confiado de sus padres, que creían en el sentido positivo del riesgo y el mérito individuales, propugnen valores como la seguridad, la igualdad y la identidad comunitaria.

Fragilidad financiera, cultural y emocional

En un buen número de países del primer mundo las previsiones económicas auguran que la actual generación de jóvenes vivirá peor que sus padres, al menos en términos de poder adquisitivo.

Sin embargo, y a pesar de la carga de incertidumbre que impone sobre los hombros de los ciudadanos, la fragilidad financiera no resulta tan demoledora para la confianza social como la falta de cohesión cultural. En este ámbito, Brooks acusa a las corrientes posmodernas, con su sospecha ante cualquier pretensión de verdad. Citando al rabino británico Jonathan Sacks, Brooks recuerda que “un mundo que cree en la verdad es un mundo que confía, y viceversa”, unas palabras que traen a la memoria las advertencias de Benedicto XVI sobre la “dictadura del relativismo”.

Además de la economía y del ethos social, también se ha resquebrajado nuestro mundo más cercano y personal, algo decisivo pues, como señala Brooks, “aunque la desconfianza institucional es grave, una sociedad se disgrega definitivamente cuando falla la confianza social”, y esta se genera –o se pierde– en el entorno más cercano (“la confianza es el cociente entre el número de gente que te traiciona y el que permanece fiel”, señala Brooks). En este sentido, la desestructuración familiar no es un fenómeno más, sino que atañe al núcleo del problema. Resulta completamente esperable que la actual generación de jóvenes, que ha experimentado como ninguna anterior la ruptura de la convivencia en el hogar, manifieste una menor confianza social.

El recurso a encerrarse en uno mismo tampoco funciona. Los jóvenes norteamericanos de hoy en día sufren más casos de ansiedad y depresión que la generación anterior. En parte, explica Brooks –y en esto coincide con Mary Eberstadt–, el fenómeno puede achacarse a las políticas identitarias: “Todos los rasgos de personalidad que antiguamente uno recibía por la pertenencia a la comunidad (la moral, la identidad sexual, el propósito en la vida), ahora debe fabricarlos uno mismo. Este requisito de auto-creación ejerce una fuerte presión en los jóvenes y puede provocarles ansiedad”.

Aunque Brooks no es optimista a corto plazo, piensa que la única salida posible a la espiral de desconfianza pasa por cambiar el “yo” por el “nosotros”. En este sentido, y como ya advirtiera el sociólogo Robert Putnam en su famoso ensayo Bowling Alone, es importante recuperar el papel de las organizaciones sociales: “La confianza social se construye a través de proyectos que agrupan a personas comprometidas con un mismo ideal”. No obstante, queda sin responder la pregunta de si esta confianza social puede generarse sin recuperar primero la interpersonal.

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