“La jornada escolar continua genera una brecha académica en función de la renta de las familias”

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Daniel Gabaldón (foto: cortesía del propio entrevistado)

El debate sobre qué jornada escolar es mejor, la partida o la continua, está siendo este comienzo de curso más intenso que de costumbre. El gobierno de la Comunidad de Madrid acaba de anunciar que apuesta por la partida. Los expertos, por lo general, también la prefieren, por motivos académicos, sociales y hasta sanitarios. Hablamos con uno de los que más ha estudiado el asunto en España, Daniel Gabaldón.

Gabaldón dirige el departamento de Sociología y Antropología Social de la Universidad de Valencia y el Grupo de Investigación en Salud y Bienestar Escolar (GISBE), de la misma institución. Hace un tiempo tuvo la amabilidad de participar en un episodio del podcast La educación, a debate. Hoy se presta a responder a nuestras preguntas sobre la discusión de moda en el ámbito educativo.

— La recomendación de la OCDE sobre la jornada partida en realidad ocupa solo dos párrafos de un informe publicado hace más de un año. ¿Por qué crees que de pronto se ha dado prioridad a este tema en los medios y en la política?

— Lo cierto es que es un tema recurrente curso a curso, ya que queda un número, ahora minoritario pero significativo, de centros públicos cuyas familias se resisten a dar su brazo a torcer en este asunto. También es cierto que la poca evidencia sobre los efectos de la jornada continua que va emergiendo es mayoritariamente negativa.

— El principal argumento a favor de la jornada partida tiene que ver con los llamados “ritmos circadianos”, que aluden a los ciclos en nuestra capacidad de atención. ¿Podrías explicar qué significa esto y cuáles son sus implicaciones de cara al diseño de la jornada escolar?

Cuando se dice que la atención sigue un ciclo circadiano se hace referencia a que existe una predisposición del organismo a mantener la atención alta a ciertas horas y baja en otras de manera cíclica. Los estudios identifican dos picos de atención, aproximadamente uno a media mañana, entre las 10:00 y las 12:00, y otro a media tarde, entre las 16:00 y las 18:00, con un bajón de la atención muy pronunciado entre las 13:00 y las 15:00. Si superponemos los horarios de la jornada continua (9:00 a 14:00) y la partida (9:00 a 12:00 y de 15:00 a 17:00) entendemos que, sin ser perfecto, el de la partida se ajusta mejor a los periodos en los que el alumnado está más atento, y por lo tanto podrá aprovechar mejor las clases. Pero además, hay dos efectos derivados de la maduración que afectan a esta regla. El primero es que los más pequeños (etapa infantil) presentan más capacidad de mañana que de tarde, pero a partir de 3º de primaria la balanza se va decantando más hacia la tarde. El segundo es que la capacidad de atención aumenta con la edad, por lo que los más mayores aprovechan más el tiempo que los pequeños. Este es un tema que estamos estudiando profusamente en el proyecto Kairos financiado por la Agencia Estatal de Investigación.

Comer más tarde se asocia con una mayor cantidad y una peor calidad de los alimentos, y aumenta la probabilidad de adoptar un estilo de vida sedentario

— Entre los perjuicios de la jornada intensiva se ha mencionado su relación con el sobrepeso en los niños. ¿Cuál es el mecanismo de causalidad?

Este es un tema muy relevante que están señalando las investigaciones recientes en crononutrición. En general, hay tres posibles mecanismos –no excluyentes– favorecedores de la obesidad. En primer lugar, comer más tarde, a igual ingesta, se asocia con niveles de glucosa más elevados, lo que nos confirma que las células que generan el tejido adiposo también tienen reloj circadiano. Por otro lado, comer más tarde se asocia con comer más y con peores elecciones nutricionales, y esto es más probable si se hace fuera de los comedores escolares y más aún si se hace a solas. Por último, comer más tarde reduce las posibilidades de quemar calorías antes de acostarse y aumenta las de adoptar estilos de vida más sedentarios.

— Cada vez está más en el foco la salud mental de los adolescentes. Los datos no son buenos: aumentan las tasas de depresión, ansiedad, etc. ¿Crees que el tipo de jornada escolar puede tener efecto en esto?

Como mantengo en un escrito que verá la luz en breve, la escolar es una institución (semi)total, en el sentido de que controla y determina en buena medida aspectos muy relevantes para la salud de los alumnos, como son el cuándo y cuánto duermen, cuándo comen o cuánto se mueven. Ciertamente, un horario más compactado tenderá a generar más problemas de salud (fatiga, sobrepeso) y adaptativos en el alumnado que, mal gestionados, puedan derivar en problemas de salud mental. Pero quizá lo más sangrante para este grupo de edad sea el temprano arranque de su jornada escolar, que les genera un déficit crónico de sueño. Para ellos, levantarse a las 7 es como para un adulto hacerlo a las 4 o las 5. Como bien indica Matthew Walker, el déficit crónico de sueño puede generar anomalías en el desarrollo cerebral y elevar el riesgo de padecer una enfermedad mental.

— Otra de las críticas a la jornada intensiva es que crea inequidad educativa. El argumento es lógico: las familias con pocos recursos no pueden compensar con actividades extraescolares, academias o profesores particulares el tiempo que sus hijos dejan de estar en la escuela. ¿Existen datos que corroboren este efecto?

El que las familias más acomodadas dedican más recursos a la educación y al cuidado infantil lo han puesto de manifiesto muchos estudios. Recientemente, Castelló y Obiol (2022) apuntaban que, en valores absolutos, los hogares de clase alta dedican como media 2.108 € anuales por hijo, mientras que los de clase baja gastan una media de 649 €.

En la jornada partida, el efecto de la renta sobre los resultados es menor

La jornada escolar continua genera dos tipos de estrategias en función de la renta de las familias: aquellas con recursos pueden costearse extraescolares más deseadas socialmente y de mayor calidad fuera del centro; las de menos, por el contrario, son cautivas de la oferta residual, de menor calidad y a menudo de oferta obligada que se ofrece en los centros con jornada continua. En la jornada escolar partida el efecto de la renta es menor, ya que la necesidad de ofertar extraescolares en el mismo centro y la mayor demanda de estas hace que su precio sea más asequible a un mayor número de familias

— Es de suponer que si se generalizara la jornada partida en los centros estatales, y se subvencionan el comedor y las actividades extraescolares, aumentaría mucho el gasto público en educación. ¿Puede asumirse ese mayor desembolso?

Poco hay más importante para una sociedad que un buen sistema de educación. Asumir que la buena nutrición de nuestros escolares es una responsabilidad colectiva, como sociedad, nos situaría más cerca de países con éxito educativo muy superior al nuestro como Estonia o Finlandia. Sabemos, además, que las inversiones en educación siempre se recuperan en forma de crecimiento económico (y la recaudación que lo acompaña).

En cuanto a subvencionar las actividades extraescolares, no veo mal que se apoye a quienes las puedan necesitar, obviamente, pero no creo que sean tan necesarias para la gran mayoría de niñas y niños. Si situáramos las sesiones de clase en los momentos de mejor atención, no necesitaríamos (tantos) refuerzos, y no habría tantos estudiantes –sobre todo, de pocos recursos– solos en casa tanto tiempo.

— Has comentado en alguna entrevista que los alumnos con jornada partida dedican menos tiempo a hacer deberes porque el aprovechamiento de las clases es mayor. Pero no sé cuánto tiempo te parece el adecuado para estas tareas, ni si estás de acuerdo con la práctica, común en muchos de estos centros, de reservar un tiempo para ellas a mediodía.

En mi opinión, no deberían mandarse deberes más allá de recomendar que los alumnos lean algún libro que les interese o que piensen en algún tema que les apasione. Considero que los deberes son una externalización de las tareas educativas: deberían caber en el horario escolar y realizarse bajo la supervisión y apoyo de los profesionales de la educación, para no supeditar su efectividad a las capacidades de las propias familias.

Creo que los descansos deben ser libres de tareas escolares, y a ser posible disfrutarlos al aire libre. Puede ser interesante dar a los estudiantes opciones más estructuradas o guiadas de ocio, pero no para cubrir contenidos curriculares.

En cuanto al descanso del mediodía en primaria y secundaria (en infantil se recomienda la posibilidad de siesta hasta los 5 años), tiene sentido colocarlo en el momento en que la bajada de atención es más fuerte, de 13:00 a 15:00: reservar entre media y una hora para comer y dejar al menos otra hora para descansar. Si por las características del centro, el alumnado come por turnos, se puede plantear un descanso escalonado: que los más pequeños coman de 12:00 a 13:00, y que los mayores coman a continuación, de 13:00 a 14:00, y tengan su tiempo de descanso tras la comida, hasta las 15:00 o 15:30.

— En tu propuesta de jornada ideal las clases empiezan tarde, especialmente las de los adolescentes. Pero esto resulta difícil de conciliar con el trabajo de los padres. También has comentado que debería haber más tiempo para el deporte en el horario. ¿Se podrían matar dos pájaros de un tiro si se aprovechan esas primeras horas para ello? Claro, que también habría que pagarlas o subvencionarlas…

Las primeras horas de la mañana deben ser para que los adolescentes descansen en sus casas; si no, el tiro se lo estamos pegando a ellos cada mañana. No es una mala idea que se ejerciten una vez lleguen al instituto a media mañana y al aire libre: esto les ayudaría a activarse después de un buen descanso y a sincronizarse con la luz natural de mañana, de modo que sean un poco menos “vespertinos”. En cuanto al coste, no lo he analizado, pero no debería ser tan oneroso si se cuenta con recursos de escuelas deportivas municipales, federaciones deportivas, los propios profesores de educación física de los centros, etc. En cualquier caso, invertir en salud escolar siempre vale la pena.

— ¿Crees que hay asignaturas que tendrían que ser “de mañana” y otras “de tarde”?

Creo que, más que asignaturas, hay actividades cognoscitivas que se ajustan mejor o peor a ciertos momentos. Ahí radica el éxito de metodologías alternativas que proponen al alumnado estímulos y situaciones de aprendizaje pero que les dan autonomía en su abordaje, respetando su tiempo. Por eso pienso que hay que huir de la fragmentación del tiempo escolar, de esos carruseles incesantes de asignaturas y docentes impartiendo contenidos sin reparar en las necesidades del alumnado que tienen enfrente. Tiene más sentido trabajar en sesiones más largas, con los descansos necesarios, porque permiten al grupo abordar contenidos de una manera más integral.

— Si reducimos la duración de la jornada escolar para adaptarnos a los ciclos de atención, y no queremos perder días lectivos, habría que alargar el curso. Probablemente, las familias estarían de acuerdo. Pero en el caso de los profesores, no estoy tan seguro…

Yo creo que el profesorado sería el primer beneficiado de una educación que se ajuste mejor al alumnado, en el que ambas partes puedan disfrutar del proceso de enseñanza-aprendizaje. La degradación de la educación que supone la compactación y la desincronización solo genera frustración al profesorado, al alumnado y a sus familias. ¿Qué mejor incentivo que poder disfrutar de tu trabajo en condiciones óptimas?

— Cada escuela tiene autonomía para decidir su jornada escolar, y en el proceso de decisión deben intervenir profesores y padres. ¿Crees que es bueno que sea así? ¿Qué condiciones deberían darse para que ese debate fuera más transparente e informado?

Creo que la jornada escolar se debería basar en criterios estrictamente pedagógicos y de salud de los escolares. Hay que poner al alumnado en el centro y contar con su visión y sus intereses. El foro adecuado serían los consejos escolares territoriales, con el concurso de expertos en educación, sanidad, servicios sociales y otros agentes involucrados en el bienestar de la infancia, y no los consejos escolares de centro, que no tienen la capacidad, ni los recursos ni la distancia necesaria para abordar estos debates. Los procesos actualmente vigentes están muy viciados por la falta de información, los intereses corporativos, el clientelismo y una visión adultocéntrica y muy miope de lo que suponen estos cambios.