Chesterton, más joven que nunca

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Chesterton

Este año que acaba hemos conmemorado el 150 aniversario del nacimiento de Gilbert Keith Chesterton. Hay un implícito homenaje en celebrarlo en los últimos días de diciembre, por los pelos. Él decía que tenía un método infalible de tomar un tren: perderlo… y esperar al siguiente. Lo de llegar tarde le venía por la sangre: un Chesterton antepasado militar llegó tarde a la batalla de Waterloo, cuando ya estaba ganada. El método tiene la ventaja de otorgar más tiempo para la reflexión y la observación.

Hace más de cuarenta años que vengo observando meticulosamente un fenómeno. A Chesterton le sucede como a Domingo, el personaje de su más aclamada novela: El hombre que fue Jueves. Cada vez que lo miraban, Domingo era más grande, creciendo sin parar. Chesterton, que se consideró a sí mismo nada más que un alegre periodista, un jolly journalist, y que convenció a muchos de sus contemporáneos de que eso es lo que era, hoy es considerado uno de los grandes escritores ingleses del primer tercio del siglo XX, un filósofo al que dedican sesudas tesis doctorales y un apologeta del catolicismo que sigue coadyuvando en continuas conversiones.

Hay que partir de ese tamaño inquieto para entender cómo se le lee actualmente, según quién. Tuve la suerte de coordinar para la Fundación Herrera Oria el Encuentro “150 años de Chesterton. Su legado en el mundo hispánico” a finales de noviembre en el CEU. Una broma de nuestro autor nos inspiró para invitar con toda seriedad y propósito a chestertonianos de toda laya y condición. Chesterton se autocalificó –“la humildad es andar en verdad”– como el hombre más caballeroso de Inglaterra. ¿La razón? Cuando cedía su sitio en el tranvía, dejaba asientos para dos señoritas o tres. Como literato y filósofo, hace lo mismo. Cuando deja espacio a sus discípulos, caben dos estilos y dos cosmovisiones, como mínimo. En consecuencia, nosotros quisimos invitar a los que lo admiran como escritor paradojista y alocado y a quienes lo tienen por el valedor de la ortodoxia y de la lógica implacable. Salvo los mínimos codazos de quienes se acomodan inicialmente a compartir el reposabrazos en dos asientos contiguos, Chesterton deja espacio de sobra.

Y tanto. Tanto, tanto que quizá otro apólogo se ajuste todavía mejor al caso de Chesterton: el del elefante indio. Estoy seguro de que a él le divertiría mucho la metáfora: por la envergadura, sin duda, y, aún más, por la cacharrería. Si no conocen la historia, la resumo. Un maharajá paseaba ocioso por un camino entre la selva montado en su imponente elefante cuando vio venir de lejos a seis ciegos. Se le ocurrió cruzar su animal, bloqueando el camino, y preguntar a los invidentes qué era lo que les impedía el paso. El primero, al tocar la trompa del elefante, exclamó: “¡Ah, es como una ancha manguera para el agua!” Otro, que se encontró entre las patas, dijo: “Hemos entrado en un bosque de grandes árboles con troncos poderosos y firmes”. El tercero, al acariciar la oreja, rió: “¡No, es como un exuberante abanico que da viento fresco a los señores!”. Mientras tanto, el cuarto, que había estado explorando la cola, añadió: “¡Es como una serpiente! Larga y movible”. El quinto, tras palpar el cuerpo, afirmó: “Amigos, en realidad, hemos llegado a una ciudad y estamos al pie de sus impenetrables murallas!”. Por último, el sexto, al tocar sus colmillos de marfil, dijo: “Estamos ante una compañía de flamantes lanceros con poderosos alfanjes”. El maharajá quedó maravillado de su propia ocurrencia y no extrajo conclusiones relativistas, sino la sensata necesidad de estar muy atento para que no te den la parte por el todo.

Con Chesterton es fácil adaptar la metáfora del elefante indio. Podemos proponer que los que palpan sus patas pasarían por los que se pasman ante el pensador anti-utopista, poderosamente plantado en la realidad, con los pies en la tierra, el defensor de Santo Tomás y del sentido común, valga la redundancia. Otros, ante el cuerpo, aprecian el muro, y se quedan con el Chesterton ideológico, inconquistable baluarte frente a los embates del materialismo marxista y las envolventes del materialismo capitalista. Los colmillos del elefante podrían representar al fiero polemista que blande paradojas y retruécanos a diestro y siniestro para destrozar a sus oponentes o, mejor dicho, a las razones de sus oponentes, porque con los oponentes Chesterton tenía la suavidad magnánima del marfil.

Los abanicos de las orejas son su visión refrescante de la vida, su atención a las mínimas músicas, maravillas y milagros, la brisa de su sonrisa siempre alerta, la alegría de su caracoleo inmenso. Hay muchos lectores de Chesterton en las antípodas de sus posiciones religiosas, políticas y sociales que no quieren renunciar al aleteo alegre de sus elevadas orejas. Al final, nos queda la cola, que parece una sinuosa serpiente a las manos asombradas del ciego. Para los chestertonianos, representa los meandros de su prosa, sus giros sorprendentes entre la hierba verde, que es hierba y que es verde. Es un escritor tan prodigiosamente dotado para el zig-zag literario y el silbante siseo de las aliteraciones que posee poderes encantatorios. Por delante, hemos dejamos la trompa, que es una manguera, y que yo veo que es su condición de inmejorable surtidor de aforismos, de citas, de apotegmas y, naturalmente, de máximas. Hay quienes han leído muy poco a Chesterton o nada, pero lo citan con profusión. El maestro aprobaría ese proceder. Al fin y al cabo, dijo de sí mismo que apreciaba muy poco sus libros, pero que estaba muy orgulloso de su buen puñado de ideas excelentes.

El defecto de esta metáfora del maharajá es que puede parecer que yo me postulo para ocupar la posición del rajá de rajás. Es cierto que para entender a Chesterton en su completud hay que ver el elefante entero o a Domingo expandiéndose a la vez en todas las direcciones a una velocidad vertiginosa como el universo, pero yo reivindico también con contundencia a cada uno de los seis ciegos. Son lecturas parciales, pero verdaderas y, como tenemos toda la vida para leer a Chesterton, podemos ir por partes, demorándonos en el tacto. Incluso Fernando Savater, gran chestertoniano de la primera hora, concentrado en su estilo literario y en su ingenio dialéctico, ha reivindicado la totalidad, tras dar algún pequeño codazo para hacerse con el reposabrazos: “Por supuesto, no es un edificante predicador dominical, como pretenden quienes más lo desvirtúan, ni otro competidor de Agatha Christie o Dorothy L. Sayers, ni una especie de Julio Camba para periódicos ingleses. Es todo eso y mucho más, porque como San Pablo ha sabido serlo todo para todos”. No sé qué imagen le gustaría más a Chesterton, si la paulina de Savater o la mía elefantiásica. Pero la idea de fondo está clara. Es de todos. Incluso del predicador dominical.

Por eso, cuando me preguntan qué libro leer de Chesterton para comenzar, no puedo más que volver al elefante. “Depende –les digo– de lo que estéis buscando”. Las historias del padre Brown son su obra más popular y se merecen la palma del entretenimiento, porque son ingeniosos relatos policíacos que cambiaron la historia del género para siempre; Ortodoxia es la quintaesencia de su visión del mundo y de su genialidad y su mejor obra apologética, aunque El hombre eterno resulte su ensayo más cristocéntrico; su novela Manalive es una delicia y una reflexión conyugal de extrema necesidad para los tiempos que corren; sus poemas son inolvidables; sus artículos de prensa despliegan una lección continua (Camba inglés, Pemán británico) de cómo estar en (y frente) al mundo; su pequeña obra de teatro La sorpresa es un cripto-auto-sacramental que explica la libertad y la redención de una sola tacada, etc. La biografía que le dedicó Joseph Pearce, titulada Sabiduría e inocencia, no siendo un libro suyo, si uno quiere una perspectiva general de Chesterton, es exhaustiva y viene con muchísimas citas literales. Sería el libro que escogería el maharajá.

¿Quiere decirse que hay muchos Chesterton? En absoluto, sólo que es muy grande para abarcarlo en un único golpe de vista. Su unidad estriba en una idea central que, como explicaba su traductor mexicano, el gran intelectual Alfonso Reyes, se encuentra en el fondo de todos sus argumentos, de todas sus creencias, de todas sus bromas y de todos sus requiebros. Es la sorpresa y el consiguiente agradecimiento. Fue el común denominador de ese defensor incansable del sentido común y del hombre común. Muy al principio de su carrera, Chesterton escribió este lema: “A universo regalado no le mires el diente”, y hasta el final estuvo, de mil maneras posibles, con todas las reverencias y con todas las irreverencias, dando gracias por un regalo tan inmenso, pletórico de enormes minucias. Dentro de otros 150 años todavía lo celebraremos más y más deslumbrados aún por su juventud; y nosotros que lo veamos.