Nunca pensé que titularía así un artículo. La superioridad moral de la derecha. Es más, exagerando un poco, porque no he buscado en Google, nunca pensé que nadie en España osara hacerlo. Porque si hay algo que en este país pocos discuten y menos en público -quizás por culpa de nuestros pecados históricos- es que la hegemonía moral la tiene la izquierda.
En España, la solidaridad es de izquierdas. Y el feminismo. Y la igualdad. Y la cultura. Y, sobre todo, la democracia. De derechas son otras cosas. Básicamente, porque Franco era de derechas y estuvo muchos años. Cuatro décadas.
Y alguno dirá que no. Que ni la cultura, ni la democracia, ni la igualdad, ni la solidaridad son de unos o de otros. Que España es plural, que hay escritores que votan a la derecha y que si alguien sabe de solidaridad es la Iglesia católica y Cáritas y no creo que en ese feudo recaude muchos votos Ione Belarra (por poner un ejemplo).
Tendrán razón, pero -como se ha visto estos días- una cosa son los hechos y otra el relato. Y el relato del supremacismo moral de la izquierda está atado y bien atado. Como diría Franco también, ya que estamos.
Por eso, en España, mucho votante de derechas, desde luego el poco ideologizado, vota bajito, con discreción, incluso con cierta vergüenza, como pidiendo perdón. Es lo que tiene que, en un país con tendencia al etiquetado bipolar, te hayan colocado en el lado malo de la historia. Y esto, en cierto modo, explica que, en España, en democracia, haya gobernado más veces la izquierda que la derecha. Esto y que los medios más seguidos en España -según el EGM recién publicado- son medios de izquierdas.
Pero el psicodrama de estos cinco días desde que Pedro Sánchez anunciara que se retiraba a pensar, con sus declaraciones de amor, sus buenos y malos, sus conjuras y manifiestos de apoyo al líder, pueden acabar convenciéndonos de lo contrario a lo que se ha pretendido escenificar; es decir, de que la izquierda ha perdido, al menos en la España actual, su autoproclamada superioridad moral.
O convencerme a mí, al menos.
Y lo digo, porque hoy, después de escuchar a Pedro Sánchez, después de salir de la incertidumbre, y respirar porque no se fuera -porque ¡qué íbamos a hacer si venían los malos!-, me he puesto a ver la comparecencia de Feijoo.
A los pocos minutos he recibido un wasap de una amiga, votante de derechas. Una persona lista y civilizada pero que -mancha en su historial- suele votar al PP (y coquetear con Ciudadanos cuando Ciudadanos le deja)
“Qué muermo es Feijoó”. Decía.
Y a mí, después de los putosamos de Oscar Puente, los notevayasPedro de María Jesús Montero, las lágrimas de Almodóvar, los pucheros de los militantes en Ferraz y las -pelín bochornosas- recogidas de firmas de artistas y periodistas, ese “qué muermo es Feijóo” me ha parecido oro democrático.
Porque si algo es la democracia es capacidad de elegir, de disentir, de dialogar, de dejar paso a la alternancia y de criticar al líder… aunque le hayas votado.
Y eso en España, mal que pese, desde hace unos años, lo hace mucho más la derecha -ya sea política o mediática- que la izquierda.
Pedro Sánchez ha escenificado un reality en prime time, ha tensado el relato, nos ha pegado al televisor media mañana y nos va a seguir gobernando. Y habrá que darle la enhorabuena.
Otra cosa es que siga excavando una tumba para sus siglas y su partido y que le deje la superioridad moral a unos señores que -serán unos muermos- pero, de momento, ni fletan autobuses, ni insultan a quien les investiga, ni amenazan al que publica.
Y que admiten preguntas de los medios en sus intervenciones.
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