Es un hecho que las creencias y prácticas religiosas han ido menguando entre los científicos, en especial los occidentales, en sintonía con lo que ocurre en la población general. Pero, en contra de lo que se suele pensar, eso no implica una mayor hostilidad entre ciencia y religión.
Elaine Howard Ecklund, profesora de Sociología en la Universidad Rice (Houston) y directora del Instituto Boniuk para la Tolerancia Religiosa, lleva dos décadas estudiando las actitudes hacia la religión de científicos de Reino Unido, Italia, Francia, India, Taiwán, Hong Kong, Turquía y Estados Unidos. A través de más de 40.000 encuestados y casi 2.500 entrevistas confidenciales, ha concluido que hay más científicos que creen en Dios de los que mucha gente esperaría: al menos el 30% de los encuestados declararon una afiliación religiosa. Los datos, recogidos en un reportaje publicado en mayo en Nature, son parecidos a los que publicó en 2016, con la mitad de encuestados, en la revista Socius: Sociological Research for a Dynamic World.
Frente al 85% de la población mundial que se identifica como religiosa o creyente en un ser superior –70% en los países occidentales–, ese 30% no parece excesivo. Más aún, la cifra puede estar distorsionada por las mayorías de científicos creyentes en la musulmana Turquía y en la hinduista-budista India. También en Estados Unidos la proporción es superior a la media. Según la información que aparece en el reciente libro Dios, la ciencia, las pruebas, de Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies, un amplio sondeo del Pew Research Center realizado en Estados Unidos en 2009 mostraba que el 51% de los científicos norteamericanos creían en algo trascendente, frente al 41% que se declaraban ateos.
En cualquier caso, en las últimas décadas se observa una tendencia al descreimiento de los científicos, en consonancia con el de la población general.
Ámbitos complementarios
El supuesto conflicto entre ciencia y fe se remonta principalmente a la Ilustración. En las últimas décadas se ha enconado merced, sobre todo, a un puñado de ateos militantes: Sam Harris, Christopher Hitchens, Daniel Dennett o Richard Dawkins, entre otros. Frente a estas actitudes, Ecklund intenta corregir algunos estereotipos y tender puentes entre dos ámbitos que, en principio, deberían ser complementarios, no antagónicos.
“Los científicos ateos son mucho menos negativos respecto de la religión de lo que nos podrían hacer creer las voces más combativas”
En el artículo de 2016, escribía que en Estados Unidos solo un tercio de los científicos ven la relación ciencia-fe como conflictiva. “El objetivo de promover la comprensión pública de la ciencia se beneficiaría potencialmente de interacciones que fomenten la comunicación entre las comunidades científicas y religiosas, lo que ayudaría a disipar malentendidos mutuos”.
Ecklund reconoce cierto complejo de inferioridad o de excesivo recato en los científicos creyentes. “A veces existe la percepción de que otros científicos no te tomarán en serio si hablas de tu fe”, dice. Es preferible entonces guardar silencio sobre estos asuntos para evitar desprecios e incomprensiones. Sin embargo, la realidad es más amable. “Los científicos ateos son mucho menos negativos respecto de la religión de lo que nos podrían hacer creer las voces más combativas, que a menudo pensamos que son las más numerosas”.
Testimonios
El citado reportaje de Nature recoge los testimonios de algunos científicos de diversas creencias.
Mikaela Lee, profesora de Ciencias Biomédicas en la Universidad Solent en Southampton, Reino Unido, dice que su fuerte fe cristiana –pertenece a la Iglesia Reformada Unida– influye en su visión del mundo. “La forma en que abordo la ciencia es como una manera de glorificar a Dios y descubrir más sobre su creación”.
Por su parte, Benjamin Grandey, científico climático de la Universidad Tecnológica de Nanyang, en Singapur, explica que “mi teología me ayuda a comprender por qué la ciencia funciona, porque creo en un Dios que ha creado un universo muy ordenado”.
Pero no todo son historias de armonía. Las presiones de un ambiente científico mayoritariamente ateo hacen mella en otros investigadores. Suzanne Kalka, educadora científica de Manchester, ha trabajado con organizaciones que promueven la armonía entre la ciencia y la religión, como God and the Big Bang. Pero al comienzo de su carrera decidió no manifestar sus creencias (pentecostalismo). “Es difícil, porque vives dos vidas y no quieres arriesgar tu credibilidad científica siendo abiertamente religioso. Quería que me vieran como una profesora muy competente”. Con el tiempo se fue dando cuenta de esa esquizofrenia vital. Le ayudo conocer un famoso trabajo de 2003, del genetista Baruch Aba Shalev, que estimaba que el 75% de los científicos que ganaron un premio Nobel entre 1901 y 2000 eran de fe judeocristiana. Apenas un 10% se declaraban ateos, frente al 35% de los galardonados con el Nobel de Literatura.
Ese temor a ser juzgados o discriminados lo observó también el sociólogo Christopher Scheitle, de la Universidad West Virginia, en una encuesta a 1.300 estudiantes de posgrado sobre sus experiencias y actitudes hacia la religión. Una chica dijo que evitó revelar sus creencias religiosas hasta que se consolidó como científica. “Pensaba que la etiquetarían como una científica poco seria”. Según Scheitle, para los estudiantes creyentes “es una experiencia bastante común escuchar comentarios negativos o estereotipados sobre la religión”. Scheitle, que en 2023 publicó el libro The Faithful Scientist, añade que “este ocultamiento a menudo termina siendo perjudicial para el propio bienestar psicológico y el sentido de conexión con los demás”.
No obstante, no en todos los países existe un contexto cultural difícil para los científicos creyentes. Faadiel Essop, de religión musulmana, fisiólogo médico de la Universidad Stellenbosch en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) y director del Centro de Investigación Cardiometabólica, cuenta que en su trabajo y en sus viajes para asistir a reuniones científicas ha visto que tanto musulmanes como cristianos se sienten “bastante cómodos al expresar su religión”.
Algo parecido confiesa Grandey: “Recuerdo haber disfrutado de muchas conversaciones estimulantes con colegas de otros países asiáticos que no habían tenido mucho contacto con el cristianismo. Estaban muy abiertos a aprender sobre mis creencias cristianas y también a compartir las suyas propias”.
Barrera para la exploración de ideas
Para Essop, la división, a menudo estricta, entre ciencia y religión, especialmente en los países occidentales, es una barrera para la libre exploración de ideas. “La religión ha sido de alguna manera marginada, porque ambas, ciencia y religión, se consideran ámbitos separados. Personalmente, creo que son un todo integrado”.
Elaine Howard Ecklund piensa que una mayor aceptación de las creencias religiosas en el mundo científico ayudaría a fomentar su diversidad
A partir de sus estudios, Ecklund piensa que una mayor aceptación de las creencias religiosas en el mundo científico ayudaría a fomentar su diversidad. Las mujeres y las personas de color (grupos que la comunidad científica se esfuerza por atraer y retener) se identifican como religiosas en mayor proporción. “Al despertar sospechas sobre los creyentes, se corre el riesgo de mantener a las minorías raciales y étnicas y a las mujeres fuera de la ciencia”.
Como explica el catedrático de Filosofía de la Universidad de Granada Pedro Gómez García, no se trata de introducir la divinidad en la investigación científica como un factor empírico, pues “tendría tan poco sentido como insertar, en el desarrollo de una ecuación, un poema o una melodía musical”.
Tanto un principio creador como el mero azar caen fuera del alcance de la física y la biología en cuestiones como el origen del universo y de la vida. “La ciencia es incapaz de decidirse entre estas dos propuestas. Ambas son tan probables como imposibles de verificar”, en palabras del astrofísico Trinh Xuan Thuan, gran defensor del principio antrópico. Sus ámbitos propios serían la filosofía y la teología. Pero ese diálogo entre razón y fe, entre ciencia y religión, no puede quedar al margen de la vida de científicos y demás pensadores, como multiversos irreconciliables, al igual que las consideraciones éticas, derivadas sobre todo de principios religiosos, no deben faltar ante hallazgos como la energía nuclear, la ingeniería genética o, ahora, la inteligencia artificial.