Objetividad periodística: tan deseada como criticada

publicado
DURACIÓN LECTURA: 11min.
SvetaZi / Shutterstock

En los días previos a las elecciones de Estados Unidos, varios medios que en ocasiones anteriores habían pedido el voto para el candidato demócrata decidieron que esta vez se mantendrían oficialmente neutrales; entre ellos, el Washington Post. Estos anuncios resucitaron una vieja polémica: ¿deben ser los medios imparciales?; ¿cuál es la diferencia entre objetividad y neutralidad?; ¿sigue siendo la objetividad un ideal válido para la prensa?

Pocos ingenuos quedarán que sigan refiriéndose a nuestra época como la “era de la información”. Más bien parece lo contrario: si algo nos han demostrado los últimos años –redes sociales y polarización mediante– es que ha sido la desinformación la que ha ido ganando terreno.

Miedo a los bulos; bula para la politización

La manifestación más descarada de esa mala praxis informativa son los bulos. Estrictamente hablando (la Academia Española de la Lengua los define como “noticias falsas propaladas con algún fin”), bulos, como las meigas, haberlos haylos; aunque, por lo general, igual que con las brujas, el que no se mete en “bosques encantados” tiene muchas menos probabilidades de encontrárselos. Con todo, a veces salen de sus escondrijos a la plena luz del día. Un ejemplo reciente y especialmente macabro son las “informaciones” sobre las decenas o incluso cientos de muertos que, según algunos “informantes anónimos”, había en el famoso aparcamiento de Bonaire anegado por la DANA.

Este tipo de “noticias” completamente falsas tienen un público objetivo muy determinado, y, salvo excepciones, su ciclo de vida es tan corto que no llegan a crear climas de opinión duraderos. Más peligroso es otro virus informativo: la politización de los medios, bien como resultado de convicciones ideológicas, bien por dinero. No se trata ya de mentiras flagrantes, que puedan ser desmontadas con datos, sino más bien de una cierta “inclinación” en la selección y el enfoque de lo que se cuenta. Es verdad que esto ha existido desde los albores del periodismo. Lo que es más reciente es que se defienda abiertamente, y con argumentos morales, la necesidad de desechar la objetividad y abrazar el partidismo.

Críticas a la objetividad

En realidad, hace ya tiempo que a la objetividad se le han puesto peros. Grosso modo, se podrían agrupar en torno a dos afirmaciones: “la objetividad es imposible” y “la objetividad es indeseable”. Como resumen de la primera se podrían recordar, aplicándolas al periodismo, las palabras que el físico vienés Heinz Von Forester dedicaba al concepto de realidad en la ciencia: “La objetividad es la creencia de que las observaciones pueden hacerse sin un observador”; una creencia –se da a entender– falsa e incluso ingenua. Para ilustrar el segundo tipo de crítica cabe rescatar lo que dejó escrito Ryszard Kapuscinski: “El verdadero periodismo es intencional, a saber: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio”. Además, señalaba el periodista y escritor polaco, solo desde la empatía con lo contado se puede retratar la realidad de forma verídica.

La crítica woke a la objetividad la considera una herramienta de dominación de las élites. La parcialidad periodística es necesaria para “reequilibrar” la balanza

Últimamente ha vuelto a arreciar la crítica a la objetividad, en buena parte por el contexto social, político y mediático de nuestros días. Por ejemplo, desde ámbitos cercanos a lo woke, se ha dicho que la imparcialidad no es más que una herramienta empleada por las élites para sostener un statu quo que mantiene fuera del foco a determinados colectivos marginados.

Así pues, la parcialidad periodística se considera buena si sirve para denunciar la discriminación de “los buenos” a manos de “los malos”. Se justifica, entonces, diciendo que la defensa de la democracia –que se considera amenazada por las posturas de los del otro bando– es un valor superior al de la objetividad, o que la deliberada inclinación del periodista en favor de ciertos colectivos es necesaria para “reequilibrar” una realidad que los margina. De esta forma, las opiniones dejan de ser simples opiniones: las mías son un acto de resistencia; las tuyas, una agresión. Igualmente, mi punto de vista añade una necesaria perspectiva y una saludable empatía con los hechos; el tuyo, en cambio, implica siempre un “sesgo”.

Otras críticas al ideal de objetividad no van tan lejos, ni abrazan este paradigma de lucha de clases propio de lo woke. Por ejemplo, desde una perspectiva centrada en la profesionalidad de los medios, se ha dicho que el verdadero periodismo exige no solo contar los hechos, sino ofrecer una interpretación de ellos, lo que llevaría inevitablemente a tomar partido. Este es un deber con los lectores; con todos, no solo con los de “mi bando”.

Desde esta misma perspectiva de defensa de la profesionalidad periodística, también se denuncia, como una forma espuria pero frecuente de “imparcialidad”, el llamado bothsidesism: limitarse, en cada información, a mostrar los puntos de vista contendientes.

Varias voces autorizadas dentro del periodismo estadounidense se han sumado a esta crítica a la objetividad. Por ejemplo, Leonard Downey Jr., exdirector del Washington Post, escribía en su antigua cabecera que “los medios que buscan la verdad deben superar lo que sea que la ‘objetividad’ llegó a significar para producir noticias que inspiren confianza”. El propio Downey Jr. coordinó un informe sobre el tema, con el elocuente título de “Más allá de la objetividad”, en el que recogía declaraciones en el mismo sentido de otros directivos de periódicos.

El clickbait y la “canibalización” de los medios

Lo cierto es que la deriva partidista del periodismo no es solo una cuestión de convicciones, sino también de pura necesidad económica. La explosión de las redes sociales como canales de información ha obligado a muchos medios a lanzarse a la batalla por la atención de los usuarios, imitando las técnicas de las empresas publicitarias: generar impactos constantes, cortos pero intensos. En otras palabras, clickbait.

En principio, el clickbait no tendría por qué lesionar la imparcialidad de los medios, pero estos parecen haber entendido –explicaba hace dos años Manuel Cruz, catedrático de Filosofía y expresidente del Senado, en un artículo para El País– que el sentimiento más “pegajoso”, el que más lectores atrae y el que más fideliza a los ya asiduos, es la indignación: “En eso parecen haber quedado convertidas en nuestros días las portadas de casi todos los diarios, incluidos los digitales: en un muestrario de indignaciones entre las que escoger, cada una de ellas a la medida de los convencimientos previos del lector”. Una forma de generar indignación es atacar a los medios rivales, una práctica que Cruz ve en auge y que estaría provocando “el fin del corporativismo periodístico”; más aún, una “cierta deriva caníbal” entre los medios.

Las cabeceras, conscientes de que los lectores son un recurso escaso, han optado por una estrategia conservadora: retener a los que ya tienen, más que buscar otros nuevos en “rediles” ajenos. Pero esto, explica Cruz, perjudica a la sociedad en su conjunto, y tiende a amplificar las voces menos dispuestas al diálogo: “Muchos medios de comunicación parecen haber abandonado la pretensión de aportar razones para el debate, en provecho de cargar de razones a los que no tienen ninguna gana de debatir” (cursiva en el original).

Neutralidad no es lo mismo que imparcialidad

Así pues, se podría decir que la confluencia de la polarización política (quizás más de los políticos que propiamente de las ideas), el auge del identitarismo y la precaria situación económica de los medios han creado una tormenta perfecta que amenaza con engullir la frágil barquichuela de la objetividad periodística.

“Imparcialidad” o “perspectiva” son actitudes a priori del periodista, siempre deseables; “objetividad” o “neutralidad” apuntan al producto, y su conveniencia depende del tipo de texto

La pregunta es: ¿merece la pena salvarla? Aunque la cuestión da para mucho, baste decir, a modo de apunte, que no es lo mismo qué palabra se elija: mientras que los términos “imparcialidad” o “perspectiva” aluden más bien a actitudes a priori del periodista (no dejar que un sesgo emocional condicione su toma de posición sobre un tema), y son compatibles con que este ofrezca una valoración (que siempre será subjetiva, puesto que nace de un sujeto, pero que también debe ser razonada y rigurosa), otros como “objetividad”, “neutralidad” o “equidistancia” se refieren más bien al “producto” informativo, y excluyen un posicionamiento personal.

Salvo para quienes defienden la teoría woke de que la comunicación es parte de la “batalla cultural” –y por tanto debe abrazar una postura de entrada–, las dos actitudes citadas suelen ser defendidas, al menos en teoría, por los profesionales del periodismo. En realidad, ambas podrían simplificarse en un solo término: honestidad. Una honestidad que debe llevar a tomarse en serio todos los puntos de vista, también los del que le cae menos simpático, y no aprovecharse solo de los aspectos de ellos que mejor cuadran en el propio relato. Porque relato– en el mejor sentido de la palabra, el de enfocar un tema de forma coherente– es bueno que haya, especialmente cuando se aborda un tema complejo.

Por otro lado, convendría revertir la tendencia a la confusión de géneros periodísticos, que borra la diferencia entre la opinión, el análisis y lo meramente informativo. En este último, los ideales de “objetividad” y “neutralidad” sí deberían respetarse con esmero.

¿Y qué quiere el lector?

Se podría pensar que el mayor o menor respeto de los medios hacia estos ideales viene determinado por lo que les demandan los lectores. En este sentido, resulta interesante una encuesta del Pew Research Center, publicada en 2022, en la que se preguntaba –a adultos en general y también a periodistas, todos estadounidenses– si los periódicos “debían procurar siempre dar a cada bando [en un debate] una cobertura similar” o si, por el contrario, “cada bando no siempre merece la misma cobertura”.

En general, el porcentaje de quienes optaban por la primera opción –es decir, por la neutralidad o, como dirían sus críticos, el bothsidesism– era claramente mayor entre los ciudadanos que entre los periodistas (76% frente a 44%), aunque en ambos colectivos la proporción disminuía notablemente entre los más jóvenes y los partidarios del partido demócrata. También lo hacía, curiosamente, entre los adultos que decían confiar más en los medios.

Los lectores no parecen dispuestos a desechar la objetividad, al menos en teoría

Otra fuente de información sobre los deseos de los lectores respecto a los medios es el Digital News Report, un informe anual elaborado por el Reuters Institute. En uno de los capítulos de su última edición (2024) se preguntaba a los encuestados, de distintos países, qué necesidades consideraban más importante que cubrieran los periódicos. En segundo lugar, y muy cerca de “mantenerme al día de la actualidad”, aparecía “dar perspectiva a las noticias: que estas ofrezcan diferentes perspectivas”. Además, esta era la necesidad en la que se apreciaba una mayor diferencia entre el valor que le daban los encuestados y lo que, según ellos, hacían efectivamente los medios de comunicación. Es decir, se trataba de la demanda más insatisfecha.

Así pues, parece que los lectores no están dispuestos a lanzar por la borda la objetividad periodística. Al menos, en teoría; otra cosa es que el clima de polarización y las llamadas “burbujas de opinión” puedan conducirles, en el fragor del debate, a dejarla en segundo plano. Pero los medios, por deontología profesional (por honestidad), no deberían contribuir a agrandar esa brecha entre los deseos teóricos y el comportamiento práctico de sus lectores. De hecho, tendrían que trabajar por lo contrario.

Para ello no es preciso difuminar la propia línea editorial, ni caer en los excesos del bothsidesism. Pero, a la vez, sabiendo que los vientos soplan en contra de la objetividad y la ecuanimidad informativas, podrían buscar formas de favorecerlas: con análisis más reposados y menos emocionales de los temas, destacando algunas fortalezas –y no solo los puntos flacos– de las posturas alternativas, o publicando artículos con ópticas opuestas sobre algún tema. Hace unas semanas, en una tertulia televisiva en Televisión Española, uno de los invitados sugería que, cuando hubiera una noticia de especial relevancia, cada una de las grandes cabeceras publicara, junto a su propio editorial sobre el tema, el de las demás. Quizás suene un poco ingenuo, pero ¿por qué no?