Relato corto de gran poderío. Es difícil no sentirse cautivado por la voz narrativa, en muchos aspectos muy conseguida, y no quedarse abrumado por la tristeza con regusto vengativo que acaba destilando la historia.
Un pueblo inglés, en 1831. El texto, sin mayúsculas, con escasa puntuación, y con una redacción elemental (aparentemente), está escrito por una criada llamada Mary que, por lo que sabemos, ha aprendido a leer y escribir hace poco. Cuenta que, con 14 años, trabajaba con sus padres y sus hermanas mayores en la granja pero que, al cabo de un tiempo, el vicario le pidió a su padre que viviera en su casa para cuidar de su mujer, muy enferma. Ella no lo desea, a pesar de que las condiciones de vida son muchísimo mejores, pero ha de acceder y, además, su aspereza y sinceridad la hacen muy divertida, y su eficacia y buena disposición la hacen muy útil. Más adelante llega un momento en el que el vicario le ofrece enseñarle a leer y escribir.
Los personajes son creíbles y su lenguaje y comportamiento bronco encaja bien con la dureza de sus vidas. La capacidad descriptiva de la narradora, convenientemente limitada a las cosas que ve y conoce, es enormemente certera, como cuando dice que “mi lengua es rápida como la lengua del gato cuando se bebe a lametones la leche del cubo”; o cuando afirma que “la gente nunca ve lo malo, dije yo, cuando lo tienen tan cerca. como la cerda cuando se tumba encima de su propia mierda”.
Dicho lo anterior, si alguien tiene interés en este libro, le aconsejaría vivamente no empezarlo por las observaciones de la prologuista que, por lo que se ve, son también las intenciones de la escritora. No es que no sean ciertas las cosas que dice ni las denuncias que hace sino que, ante un relato literario, lo mejor es confiar en su fuerza y en la capacidad de comprender del lector.