House of Cards

PÚBLICOAdultos

CLASIFICACIÓNLenguaje soez, Sexo

ESTRENO01/02/2013

EPISODIOS6 temporadas, de 13 capítulos de 50 min. cada una, excepto la última de 8 capítulos

¿Creen que soy un hipócrita? Bueno, deberían. No estaría en desacuerdo. El camino al poder está pavimentado de hipocresía. Y víctimas. Sin arrepentimientos.
(Frank Underwood, 2.9)

Netflix. Cuarta pared. Kevin Spacey. Maquiavelo.

Tirando del hilo de esos cuatro elementos es posible armar una crítica de la célebre (y tantas veces sobrevalorada) House of Cards, una serie que acaba de estrenar su tercera temporada en todo el mundo, con un Frank Underwood en la cúspide del poder, hablando de tú a tú con el presidente ruso. Soltemos carrete, pues.

Netflix. Es la penúltima patada en el congestionado tablero televisivo. Netflix es un muy exitoso videoclub online que, para afianzar su imagen de marca y fidelizar clientes, comenzó hace un par de años a producir sus propias series de ficción. Es decir, un distribuidor que se convertía en productor, una senda que han seguido gigantes como Amazon, Yahoo y PlayStation (sí, como lo oyen, la Play también ha empezado a producir series de ficción: Powers). Frente a la ritualidad semanal del formato tradicional, la emancipación de la serie televisiva que efectúa Netflix implica una voltereta en la distribución: los trece capítulos de cada temporada se ponen online al mismo tiempo, de modo que el espectador decide su ritmo. Se pierde en comunión colectiva y comentario 2.0. lo que se gana en flexibilidad para el usuario y apaciguamiento de su ansiedad narrativa. Inicialmente, se daba la paradoja de que lo que en EE.UU. se emitía de un tirón en una plataforma de Internet, en España lo distribuía Canal Plus semanalmente, siguiendo el modelo tradicional. En esta tercera temporada ya se combina la fórmula tradicional con la posibilidad de maratonear la serie en Yomvi. Otro paso más en una era donde la televisión… ha dejado de emitirse únicamente por la televisión.

Kevin Spacey. Para romper los diques del modelo tradicional, Netflix tenía que hacer mucho ruido. Y para eso necesitaba artillería: el cineasta David Fincher (Seven, La red social) entre los productores ejecutivos (y director de los dos primeros capítulos) y el oscarizado Kevin Spacey para encarnar al protagonista. Un síntoma más de cómo la televisión sigue atrayendo talento cinematográfico. El versátil Spacey da vida a Frank Underwood, un “whip” de los demócratas estadounidenses, es decir, el tipo que se encarga de mantener la disciplina de voto (en un país donde la disensión interna es más habitual que en la rígida partitocracia española, por ejemplo). Al lado del carismático Spacey, una gélida Robin Wright, ejerciendo de Lady Macbeth por los lobbies de Washington D.C. El “amor” entre los Underwood es, simple y cínicamente, una herramienta más para alcanzar el poder y, como grita la serie a los cuatro vientos, todo vale para lograrlo. Absolutamente todo. Sin arrepentimientos. Por eso Underwood lo mismo marca terreno orinando sobre la tumba de su padre (3.1), que escupe sentencias como quien escribe una nueva versión de El arte de la guerra: “Para los que estamos ascendiendo en la cadena alimenticia no puede haber piedad. Solo hay una regla: cazar o ser cazado” (2.1). Y siempre lo hace mirándonos a los ojos a los espectadores.

El problema de “House of Cards” es que se toma demasiado en serio a sí misma, hasta desembocar en la autoparodia

Empacho de maquiavelismo

Cuarta pared. House of Cards es un remake de una serie clásica británica (emitida por la BBC en 1990) donde, mientras se meditaba sobre el ejercicio del poder y sus mecanismos, parte de la gracia radicaba en cómo el protagonista se refería directamente a la audiencia, al estilo del Ricardo III de Shakespeare. Este dispositivo se mantiene en la nueva versión, logrando así hacer del espectador un cómplice forzado de las maquinaciones de Underwood. Ahí descansa la mayor ambición formal de House of Cards: romper lo que en teatro se denomina la cuarta pared. El resto es una serie visualmente solvente, con estupenda melodía de Jeff Beal, que conduce bien su trote narrativo de intriga palaciega y escaramuza de despacho, pero que va agrandando sus problemas dramáticos conforme avanza la trama. ¿La causa? Un empacho de maquiavelismo.

Maquiavelo. A diferencia de su precedente británico (cuya primera temporada constaba únicamente de 4 capítulos), House of Cards nace muy consciente de su intento por ser memorable. Por ser “televisión de calidad”. Por dar que hablar exhibiendo retorcimiento y mala leche. Por convertirse en emblema de una nueva “cadena” como Netflix. Si además nos ubicamos en la zona del mundo donde el metro cuadrado de poder está más caro, entonces nos encontramos con un drama megalómano. Y el problema de House of Cards es el de tomarse demasiado en serio a sí misma, como ya le ocurría a Boss, otro drama político que, indigestado con tanto tejemaneje florentino y apuñalamiento del César, desembocaba en la autoparodia. Underwood habla constantemente como si estuviera esculpiendo epitafios, sus rebuscadas jugadas siempre tienen doble o triple vuelta de tuerca y, al final, parece que hasta un simple buenos días al bedel de la Casa Blanca esconde una agenda oculta. Demasiado para aguantar tantos capítulos sin bordear el bochorno ni avinagrar la credibilidad del pacto de lectura.

Astutamente –y al calor de la politicofobia que nos asuela–, House of Cards dibuja a sus protagonistas como peña inmoral, capaz de idear conspiraciones superlativas, derribar gobiernos y enmerdar candidatos desde la sombra. Una de las mejores subtramas de la primera temporada implica a un congresista (estupendo y trágico Corey Stoll) al que Underwood aúpa para, después, dejarle caer y aprovechar su costalada en beneficio propio (en la serie es el único adjetivo que puede acompañar a la palabra “beneficio”, como es lógico). El problema es cuando tanta perfidia se estira: por mucho que constituya la premisa de la serie, hay cosas que ni el político más letal de Washington haría. ¡Hasta el Diablo necesita tomar aire para escupir azufre! Quienes vean el primer capítulo de la segunda temporada saben a qué nos referimos. En ocasiones, por tanto, se echa en falta cierto contrapeso para hacer más creíble el realismo emocional –incluso tanta pirueta política– de la trama. Un atisbo de bondad, de conciencia… o de incompetencia, incluso. Aunque solo sea por motivos estrictamente dramáticos.

Porque, a la postre, tenemos una serie que sí, que engancha, con actuaciones absorbentes e intensas, política de cama explícita, fintas de pasillo y despacho oval, mucho pelele en manos de quienes mueven los hilos y toneladas, toneladas de cinismo y cainismo, siempre envueltas en el celofán adorable del picante Spacey. Ay, justo en un momento donde el antihéroe –tan arquetípico de esta edad dorada de la televisión– ya está pasando de moda. Quizá ahí radica el mayor problema de House of Cards: que ha llegado con una década de retraso para ser tan grandiosa como pretende.

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