Una mujer en Jerusalén

Anagrama. Barcelona (2008). 287 págs. 17 €. Traducción: Sonia de Pedro.

GÉNERO

Abraham B. Yehosúa es, junto con David Grossman o Amos Oz, uno de los escritores israelíes más reconocidos no solo en su país sino internacionalmente. Desde que en 1988 Alfaguara publicara su primer libro en España, Un divorcio tardío, han visto la luz otras novelas: El señor Mani, La novia liberada, Viaje al fin del milenio… Asuntos recurrentes en ellas son la familia y el matrimonio, y junto a estos temas, el del Israel de hoy, sometido a una violencia interminable, y para el que solicita un proceso de paz entre israelíes y palestinos.

Una mujer en Jerusalén se ocupa no tanto de la realidad actual del Estado de Israel y sus conflictos internos, sino de asuntos universales que atañen a todas las conciencias. Un terrorista se inmola en el mercado de Jerusalén; entre los fallecidos una hermosa y enigmática mujer, Julia Ragayev, cuyo cadáver nadie reclama, ni siquiera la empresa para la que trabajaba. Un periodista sin escrúpulos denuncia la falta de humanidad de la empresa, ante lo cual su anciano propietario no reparará en medios para lavar su imagen; así, encarga el asunto al director de recursos humanos que deberá devolver el cadáver de Julia a su pueblo natal, en un fatigoso viaje que acabará por sacudir lo más íntimo de su conciencia.

Julia Ragayev, única fallecida sin identificar en el atentado de Jerusalén, es, sorprendentemente, el único personaje que tiene nombre y apellidos de toda la novela; los demás serán el dueño, la madre, el director de recursos humanos, el hijo… Y no es casualidad en esta novela, simbólica y crítica a un tiempo, sencilla en su planteamiento inicial, y que refleja con naturalidad una realidad que oscila entre lo cotidiano y lo inverosímil, sorprendiendo al lector en su desarrollo.

El dramatismo argumental da paso al drama interior de sus personajes, hombres y mujeres sin nombre, con sus miserias y sus vidas truncadas, pero que -en cierta medida- son capaces de sobreponerse a sus heridas para intentar restañar la injusticia por la que ha pasado Julia. No es extraño que la prensa norteamericana haya calificado a Yehoshúa como el Faulkner israelí por su agudeza para retratar la conciencia. Sin embargo, en nada se parece su sencillez narrativa y el componente sociológico de sus relatos al complejo estilo faulkneriano, más simbólico y poético.

Contenido exclusivo para suscriptores de Aceprensa

Estás intentando acceder a una funcionalidad premium.

Si ya eres suscriptor conéctate a tu cuenta. Si aún no lo eres, disfruta de esta y otras ventajas suscribiéndote a Aceprensa.

Funcionalidad exclusiva para suscriptores de Aceprensa

Estás intentando acceder a una funcionalidad premium.

Si ya eres suscriptor conéctate a tu cuenta para poder comentar. Si aún no lo eres, disfruta de esta y otras ventajas suscribiéndote a Aceprensa.